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Dimas

Vida Interior

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Vida Interior

1. PRESENTACIÓN

La primera versión de este estudio se publicó en 1978 como artículo, con el título “Vida y obra de un autor uruguayo poco conocido” en la Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Nº 18 (Mayo 1978) pp.159-175

Volvió a publicarse una versión ampliada y en muchos aspectos rehecha en 2011, en la revista Gladius (Buenos Aires) Año 28 (Navidad 2011) Nº 82, Págs. 31-55. En ella se completó la bibliografía y se amplió y actualizó nuestra consideración del significado de la figura creyente y profética de Dimas Antuña1.

Este estudio, en su estado inédito actual, es resultado de una nueva etapa de elaboración e incorpora los resultados de nuevas investigaciones sobre escritos de Dimas Antuña dispersos en publicaciones argentinas en vistas a la posible futura publicación como parte de un libro dedicado a presentar la figura de Dimas Antuña.

La conveniencia de recordar con cierto detenimiento y detalle a este autor y su obra se funda en dos hechos. El primero es que tanto él como sus escritos son prácticamente desconocidos y que, aunque es mencionado como integrante del grupo de intelectuales católicos argentinos conocido como el Convivio, vinculado desde sus orígenes a los Cursos de Cultura Católica y a la revista Criterio, no ha sido objeto, que sepamos, de una presentación monográfica.

Roque Raúl Aragón, que lo considera ‘una personalidad descollante en el grupo de Número,” le dedica un recuerdo en su estudio sobre la Poesía religiosa argentina y reproduce su ‘Oda de Navidad a Buenos Aires’2 y ‘Entréme donde no supe’, en su antología3.

Isabel De Ruschi Crespo, en su monografía sobre los orígenes de la revista Criterio, lo menciona efectivamente entre los fundadores del Convivio:

“Así el Convivio, de tan flexible y ágil estructura, centro de expansión juvenil, y como el más espontáneo, fácil y eficaz instrumento de irradiación para las ideas, se constituye, a juicio de los que han pasado por los Cursos, en uno de sus elementos más memorables, acaso su corazón, y que si bien reúne desde el comienzo a figuras como Jijena Sánchez, Dondo, Bernárdez, Lara, Camino, Ballester Peña, Basaldúa, Anzoátegui, Antuña, Juan Antonio y otros, indudablemente se identificará posteriormente con la extraordinaria personalidad de César E. Pico, en quien todos reconocen un maestro incomparable”4.

Un segundo motivo para ocuparnos de Dimas Antuña, es que ilustra un sector poco atendido de la Geistesgeschichte uruguaya. Podría considerárselo hasta cierto punto un desterrado. Primero porque encontró su patria eclesial fuera de su patria terrena, y luego porque tuvo que dejar su patria eclesial, la de sus amigos del Convivio cuando se volvió a vivir en su patria terrena.

1º) Que Dimas Antuña y sus obras sea desconocido en Uruguay, su patria terrena, es un hecho explicable por varios motivos. Este autor vivió buena parte de su vida en la Argentina, precisamente aquellos años que son más decisivos para la definición y maduración de su personalidad espiritual y social. Todos sus libros y escritos se publicaron fuera del Uruguay, a excepción de algunas colaboraciones menores en la década de 1920 en el diario católico El Bien Público.

La obra de Dimas Antuña es de contenido declaradamente religioso, como de creyente que escribe para creyentes. El núcleo principal y más valioso de sus escritos éditos pertenece por génesis y estilo al género oral de la conferencia, aunque también escribió poesía y muy buena.

La mayor parte de su vida estuvo absorbida por el trabajo y las solicitudes cotidianas de la subsistencia y dispuso de escaso tiempo para escribir y crear. La obra Inter Convivas que podía haber sido la de mayor aliento y envergadura, quedó por eso mismo inconclusa y sigue inédita.

Los pocos libros suyos que hay impresos vieron la luz gracias al generoso mecenazgo de algunos amigos, y sólo en ediciones privadas, es decir no comerciales y de reducido tiraje.

Dentro de las relativamente escasas obras de tema religioso que logran pasar los filtros del laicismo ambiental uruguayo, las de Antuña, que no calzaban en los moldes comunes, pasaron incomprendidas: para unos por parecerles demasiado obvias y poco novedosas; para otros, por parecerles todo lo contrario, fueron materia de extrañeza y de recelo. Y es realmente difícil, por no ser ni místicas ni devocionales, ubicarlas dentro de los géneros cultivados en esos años y en estas regiones.

Antuña, por ser un orador y (o pero) al mismo tiempo orante, tenía que padecer fatalmente la suerte que a tan rara raza de hombres les suelen deparar las colectividades humanas obsesionadas –o por lo menos demasiado distraídas-, como la del Uruguay laicista, por los imperativos de la acción eficaz e inmediata. Cultor de un género sapiencial (califiquémoslo así aunque sea provisoriamente) donde el saber no es divorciable de un determinado sabor, Antuña no pudo, no quiso, no le supo, hacer concesiones al gusto del público. Y éste, en su mayoría, preso en una constelación cultural naturalista, no fue capaz de apreciar la originalidad de un modo de pensar, de unos contenidos, de una temática y de unas formas de expresión que se nutrían en aquella perenne novedad de los orígenes, volviendo hacia lo que –por algo- nuestra cultura llamó fuentes.

A poco de aproximarse a la historia y a la obra de Antuña se descubre además, con sorpresa, un alma de ermitaño, una libertad interior que rehusó atarse, una vez vuelto al Uruguay, en la última mitad de su vida, al do ut des de los provincianismos intelectuales uruguayos. Antuña no se acogió a ningún grupo promocional y no fue promovido. No prodigó elogios con el secreto afán de buscar retribución de alabanza. Su labor de escritor, conferencista o poeta, no brotó del incentivo de la fama, ni siquiera la que se gana justamente. No persiguió más ganancia que la de crear libremente, la de contemplar gratuitamente y abrir la puerta –hospitalario- al banquete de la sabiduría. Tuvo bastante con su luz interior y no consideró oscuridad el quedar ignorado o incomprendido.

Hubo sin embargo excepciones. Los espíritus creyentes lo reconocieron. Testimonio de ello es una tarjeta de puño y letra de la poetisa uruguaya Esther de Cáceres al libro Vida de San José que dice así:

“Día de la Festividad de San José 1963 - a Dimas Antuña – Muy estimado en Cristo: Anoche preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos su precioso libro sobre San José. ¡A todos conmovió la verdad esplendorosa del texto; el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema! ¡El que más ahonda en el pan misterio y el que más lo aborda con unos medios estilísticos adecuados y valiosísimos en sí mismos! Hemos quedado soñando en la reedición, y desde ya rezamos para poder realizarla. Gracias, querido amigo, por esta dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración – los acompañará siempre – Esther de Cáceres (firma también Clotilde Barbé)”.

El reconocimiento de esta alma creyente y fina que fue Esther de Cáceres suena casi a un desagravio5.

2º) Una ceguera espiritual fue la causa de que no se apreciara en su justa importancia la mirada profética de Dimas Antuña sobre los males espirituales del catolicismo en los años que le tocó vivir. Esa ceguera se ha ido acentuando con los años transcurridos desde su muerte y eso le da la razón al diagnóstico de Dimas Antuña que, en su época, pudo parecer exageradamente pesimista, pero hoy parece demuestra lo acertado de su precoz percepción.

Señalo –sin pretensión de ser exhaustivo- algunas pistas de interés que nos ofrecen sus escritos y justifican rescatarlos del olvido en que quedaron.

En primer lugar, nuestro autor se formó (y fue actor) como hemos dicho, en el teatro de la cultura rioplatense, sobre todo argentina, pero también brasileña. Allí tuvo sus grandes amistades, allí gestó y publicó la mayoría de sus obras. Testigo de su tiempo, registra el impacto de las corrientes espirituales locales y europeas. Sin ser dueño, tampoco fue mero inquilino de su ambiente. Fue un huésped y un anfitrión amable, atento sobre todo a las personas: viajeros ilustres, exiliados de guerra más o menos oscuros, autores y sus libros, pero también al fiel corriente, para el cual –preferentemente- habló y escribió, de igual a iguales.

En segundo lugar, su condición de huésped de una época no le impidió expresar diagnósticos, tomar posiciones, emitir apreciaciones críticas. Muy explícito a veces, otras trasuntando a través del silencio, de la reticencia, de la alusión velada lo que su delicadeza le aconsejaba dar a entender sólo al que tuviera oídos.

Un Dimas Antuña, por ejemplo, aún un joven veinteañero se confronta en su Israel contra el Angel, publicado en 1921, a los maestros que se disputaban el liderazgo espiritual de nuestros padres y abuelos. El mero título de su obra primogénita sugiere al buen entendedor que en ella se recoge la memoria de una lucha nocturna y decisiva para el destino espiritual de Antuña. Aunque años después –como suele suceder a tantos autores- haya mirado su primer libro con una mezcla de rubor y severidad, también lo dicho en él con el arrebato del ardor juvenil, sirve a la pintura de una época, de una generación y –no obstante las posibles retractaciones posteriores- guarda el registro de una historia del espíritu. La suya, la de muchos, y también parte de la nuestra.

En los años jóvenes de Dimas Antuña tiene lugar la condenación de las obras modernistas por san Pío X en la Encíclica Pascendi (1907). Esta enseñanza orientó a Dimas Antuña en su trato con el modernismo y en particular con la crítica iluminista a la fe, a las Sagradas Escrituras, a los Santos Evangelios y al mismo Jesucristo.

En una conferencia dictada en Buenos Aires en la que trata del canto del Evangelio se expresa así ante sus críticos ilustrados:

“cuando la soberbia del hombre, quiero decir, cuando la alta crítica inventada por los herejes del siglo de las luces, se digna a entrar en el Evangelio de Jesu-Cristo, Hijo de Dios, hace su entrada con hinchazón ―porque la ciencia hincha―, y no como quiera, sino armada de todas las armas. Harnack, Loisy, Sabatier, cuando entran al Evangelio, entran para juzgar al Hijo de Dios. Entran armados de arqueología, y epigrafía, y paleografía, y saben (lo que no supo Jesús, como dice Renan) saben griego y latín y hebreo y caldeo, y arameo, saben muchas otras cosas; aunque no saben distinguir la derecha de la izquierda del Hijo del Hombre.

Estos escribas, pues, hacen su lectura, y no para tomar lección sino para darla. Pero Dios ciega a los que quiere perder; el Evangelio se escurre de sus manos, y creyendo que leen el Evangelio, lo único que leen son las palabras del Evangelio. Esa es, pues, una entrada al Evangelio, la entrada de los escribas y los doctores, la entrada de los exegetas de la letra que mata”6.

Pasados los años de juventud, su dolorida confrontación crítica lo enfrentó con sus amigos en la fe por desacuerdos de fondo acerca de la naturaleza del testimonio cristiano en el mundo. Ese doloroso conflicto se trasunta en el recuerdo que nos ha dejado un amigo anónimo que escribe una nota necrológica a raíz de la muerte de Dimas:

“Su muerte, acaecida en Montevideo, el 24 de agosto último (1968), cierra con el ejemplo de su fe profunda, una larga vida cuya mayor parte transcurrió entre nosotros.

Deja unos cuantos deliciosos libros y poemas de juventud, y dos opúsculos sobre San José, donde avezados críticos (entre ellos el ilustre profesor Schlesinger, desaparecido casi simultáneamente con él) habían advertido geniales atisbos en torno al misterio del Patriarca.

Su permanente, incansable actividad de estudioso y contemplativo estaba centrada en la Misa. Quedan innumerables notas, apuntes, borradores, redacciones y correcciones que esperan (con poca esperanza) una inteligencia gemela capaz de utilizarlos.

Pero no es menos cierto que esa tensión espiritual, por obra de su caridad desbordante y a veces violenta, se derramaba sobre sus amigos, a quienes iluminaba, contagiaba, acicateaba y dirigía sin proponérselo, sin querer ser maestro y en ocasiones aparentando no ser amigo. Los beneficiados (que son legión) lo saben… o lo ignoran, pero se lo deben.

Por supuesto que una apresurada nota necrológica no puede dar una semblanza digna de su grandeza. Por eso hemos considerado preferible ofrecer a nuestros lectores ciertas reflexiones suyas sobre el tema de la muerte, que, escritas al correr de la pluma, sin ningún propósito ni cuidado literario, integran una carta confidencial, cuyo destinatario nos ha autorizado para desgajarlas de su contexto íntimo. En ellas, que van a continuación, ser retrata y se caracteriza su recia espiritualidad7”.

Una tercera veta de la actualidad de Antuña y su obra reside precisamente en su mirada contemplativa que escruta la singularidad de lo individual, personas y objetos, en busca de sentidos ocultos en las cosas elementales. Pero –nótese bien- sin hacer de la naturaleza simbólica o metafórica un reservado de la sensibilidad poética, accesible sólo a la exquisitez, y coto donde la sofística modernista edificaba las torres de su aislamiento.

Para Antuña el símbolo no es sólo pretexto de fuga esteticista a la poesía. Es sobre todo vehículo de pensamiento como lo es en la más pura raíz platónica del pensamiento occidental, y como lo es también, en forma aún más elevada, en la raíz judeo-cristiana. Antuña le devuelve al hombre, al hombre común, el lenguaje del alma. Rescata la imagen y la intuición, del olvido hostil en que lo habían relegado tiempos más ocupados con la razón y con las ciencias.

Por sus propios caminos, nuestro autor transita en la dirección que la psicología, desde Freud pero sobre todo desde Jung, señala con insistencia. Antuña descubrió y proclamó –hieratra o hieragogo- la radical validez humana de los símbolos litúrgicos, y la grandeza litúrgica de la cotidianidad humana. Lo hizo sin concesiones a un intimismo individualista. Pero sólo gracias a una acogida íntima y personal de los símbolos objetivos –cuyas vicisitudes privadas él quiso mantener secretas - pudo señalarlos con firme convicción, al alma extraviada y olvidada de sí misma, de sus contemporáneos. Sobre todo de los creyentes laicizados.

Lo que José Enrique Rodó intentó rescatar en sus parábolas, joyas aisladas en un discurso racional y por él sometidas a una función instrumental que las humilla y opaca, eso lo perfecciona Antuña, haciendo de los símbolos (es decir de la dimensión simbólica de todas las cosas reales) el objeto final y directo de su contemplación. Lo que había olvidado hasta la teología; lo que algunos en la cura de almas y en la dirección espiritual están redescubriendo trabajosamente en los tiempos del counseling; lo que las costumbres poéticas vigentes habían arrebatado al hombre común; lo que un vendaval iconoclasta había aventado junto con los “excesos del barroco”; todo eso lo recoge amorosamente este hombre desconocido entre nosotros.

Lo mejor de la obra de Antuña lo constituye su presentación interpretativa de la simbología cultual: la liturgia, el templo, los ritos sacramentales, las imágenes. Sin concesiones intimistas sin concesiones al esteticismo. Aborda el misterio del culto como un mistagogo para generaciones que habían olvidado el idioma cultual y lo vivían unos sofocados por un ritualismo exterior sofocante y otros como ciegos sin monaguillos que los introdujeran en los misterios.

No hay que sorprenderse de que el primer encuentro –y encontronazo- con este estilo, que sólo puede parecer críptico y exótico para los hombres que han derivado lejos de su propia alma, o se han trans-culturizado de la cultura de la fe a la del mundo modernista, lo haya tenido Antuña en ocasión de su comentario al Cántico de las Creaturas de San Francisco. El hombre, cuando oye tratar en público de un tema psicológico, es decir de su alma, siempre espera: “otra cosa, la primera de todas, se espera a sí mismo en el tema. Espera sus recuerdos, sus pasiones, sus ideales, sus amores. Si es posible, algún trazo también –firme y rápido- de sus odios y rencores del momento. Y todo eso elaborado por el pensamiento y llevado en el calor, en la nobleza, en la elevación en cierto modo beatífica del sentimiento religioso, a su más alto grado de interés y de intensidad”8.

Certero diagnóstico de una reacción a la que su público, aún el de los amigos, lo confrontó perennemente: “Hombre sincero y generoso, su hidalguía le obligó a decirme toda la verdad, y así cordial, confuso, apenado y sin rodeos, pasando con amplitud su mano de caballero antiguo sobre su noble barba rojiza, me dijo con un profundo suspiro y una gran voz resuelta: Mi amigo,yo esperaba otra cosa”9.

3º) La obra escrita de Dimas Antuña ha tenido sólo dos breves ecos en escritores uruguayos.

Carlos Real De Azúa lo menciona de paso en la Introducción a la Antología del Ensayo uruguayo contemporáneo, entre “algunos nombres cuya ausencia (por lo menos hipotéticamente) pudiera extrañar”. Real de Azúa consigna acerca de Dimas Antuña los siguientes datos y rasgos:

“Dimas Antuña (1894), por fin, que ha llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros: Israel contra el Angel (1921) y El testimonio (1947) y en donde logró sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en hondura) que algunos recelaron.

Respecto a Falcao Espalter – prosigue Real de Azúa que acaba de referirse a él antes que a Antuña- bien podría representar la otra cara de la Fe: centrada en la intimidad y sus posibilidades de apertura, humildad y poética emoción ante el misterio y la maravilla de la vida” 10.

Domingo Luis Bordoli dedica a Antuña una nota en su Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea y recoge en ella un poema: La Elegía por la muerte de Wagner Antúnez Dutra. La nota bibliográfica que la precede es breve y se deja transcribir aquí:

“Merced a Real Azúa conocimos las dos obras Israel contra el Angel (1921) y El Testimonio (1947) de este uruguayo casi completamente desconocido en nuestras letras. Ha vivido en Brasil y Argentina, y ha publicado en esta última”.

Aquí Bordoli hace referencia en una nota a la cita de Real de Azúa en su Antología del Ensayo y prosigue:

“Ya desde joven, de una intensa espiritualidad católica muy pocas veces vista, mostró su fuerza y finura en el análisis de Rodó, Darío, Nervo, Reyles, de su primer libro. El segundo, reúne prosa y verso. De su prosa, nos parece altamente descollante su discurso sobre San Juan de la Cruz. Según un poeta brasileño, Schmidt, que él mismo cita, hay gentes que están en las letras por una fatalidad, pero fuera de la vida literaria. Antuña cuéntase entre ellas y aclara que esta fatalidad es tener que atestiguar cosas de Dios con prescindencia de la literatura, es decir, por memoria de la sola justicia. Visible es esta religiosidad absoluta en el poema que hemos elegido” 11.

A estas dos breves menciones se reduce –que sepamos- lo que se ha publicado en Uruguay sobre Antuña. Si bien le hacen la justicia del recuerdo, son en su brevedad forzosamente incompletas y, para nuestro gusto, injustas por insuficientes. El lector desprevenido, no sospechará a través de su lectura la verdadera magnitud de Antuña y su obra. A remediar en algo esta carencia, completando la semblanza que nuestros antólogos apenas esbozan, aspiraba la presentación que hicimos de él en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1978, que retomamos ahora. Y con el mismo fin hemos publicado la correspondencia de Dimas con Juan Antonio y otros amigos del grupo Convivio.

Los sentimientos de Antuña hacia esta tierra en la que nació y reposa, nos los trasmite el estudio que dedica a Zorrilla de san Martín y su Tabaré en Israel contra el Ángel. Desde el alto mirador porteño de la torre Güemes, donde gustaba subir, en ciertos días muy claros, ve dibujarse a lo lejos la línea de la costa uruguaya: un reborde que todos pueden ver, una costa que muchos conocen, pero que, sin embargo, solamente los orientales reconocen. “Yo soy oriental: esa línea plomiza que subraya el horizonte es mi dulce tierra.” 34(17)

Info

Sitio: FabianadeJhS
Dimas Antuña: P. Horacio Bojorge
Sumario:

Padre Horacio Bojorge

www.santoybuenamor.com

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