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IN Memoriam

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IN Memoriam

DIMAS ANTUÑA - In Memoriam

Memento mei Domine

Revista Universitas (Pont. Univ. de Buenos Aires1) Nº 7 Octubre de 1968, págs. 51-53.

Transcripción de la Abadía Benedictina de Santa Escolástica, Victoria, Buenos Aires

“Dimas Antuña, nacido en el Uruguay en la última década del siglo pasado, era una inteligencia maravillosamente apta para la contemplación espiritual, a la que subordinó todas las dotes de su ingenio poético y literario.

Su muerte, acaecida en Montevideo, el 24 de agosto último, cierra con el ejemplo de su fe profunda, una larga vida cuya mayor parte transcurrió entre nosotros.

Deja unos cuantos deliciosos libros y poemas de juventud, y dos opúsculos sobre San José, donde avezados críticos (entre ellos el ilustre profesor Schlesinger, desaparecido casi simultáneamente con él) habían advertido geniales atisbos en torno al misterio del Patriarca.

Su permanente, incansable actividad de estudioso y contemplativo estaba centrada en la Misa. Quedan innumerables notas, apuntes, borradores, redacciones y correcciones que esperan (con poca esperanza) una inteligencia gemela capaz de utilizarlos.

Pero no es menos cierto que esa tensión espiritual, por obra de su caridad desbordante y a veces violenta, se derramaba sobre sus amigos, a quienes iluminaba, contagiaba, acicateaba y dirigía sin proponérselo, sin querer ser maestro y en ocasiones aparentando no ser amigo. Los beneficiados (que son legión) lo saben… o lo ignoran, pero se lo deben.

Por supuesto que una apresurada nota necrológica no puede dar una semblanza digna de su grandeza. Por eso hemos considerado preferible ofrecer a nuestros lectores ciertas reflexiones suyas sobre el tema de la muerte, que, escritas al correr de la pluma, sin ningún propósito ni cuidado literario, integran una carta confidencial, cuyo destinatario nos ha autorizado para desgajarlas de su contexto íntimo.

En ellas, que van a continuación, ser retrata y se caracteriza su recia espiritualidad.

* * *

“Después de mi ‘accidente’ el Señor me ha despejado el horizonte; no tengo nada que hacer (nada que hacer en la vida) fuera de este quehacer divino de estar solo. Desligado de toda ocupación y delante de algunas dificultades que ya no me competen porque me exceden y no está en mi mano resolverlas, el Señor me hace participar ahora de esa dichosa ‘decrepitud progresiva’ de que Usted me habla. Pero ¡qué intensidad de vida, de inteligencia, de silencio, de verdad no hay en esto!

Disminuida (por la edad o la enfermedad o lo que sea) una buena parte de la actividad sensible y aun de muchos sectores de la vida intelectual ¡qué misterio admirable no se produce en la vida propiamente intelectual! Un enfermo está impedido para hacer infinidad de cosas, pero si tiene paz y dominio de sí mismo, puede decir: no; puede por ejemplo firmar un cheque, y aun un cheque en blanco – y esto es inmenso. (Ud. conoce, pues creo haberlo comentado alguna vez, cuál es el sentido de ese ejemplo del cheque: decir el Amén del Canon, diciéndolo de veras, sin miedo ni contemplaciones y sin medir las consecuencias).

En esta situación de disminución, de despojo, de ‘decrepitud progresiva’ como Ud. dice, se vive ciertamente y hasta podemos morir – y esto es admirable. Porque habitualmente se piensa, o sólo se nos deja pensar en la muerte de una manera biológica. Pero eso es solamente morirse. Eso no es la muerte humana, cristiana, personal. En eso están apenas los accidentes del ‘changement d’état’. Son los accidentes, pero no el cambio mismo. En eso están las últimas energías que Dios nos pone en la mano para la ‘agonía’, es decir, para que podamos luchar y vencer en el mayor acto de fe en su amor, en el mayor y más ilimitado acto de obediencia, en el más deseable (en mi caso) acto de verdadera penitencia.

Porque la verdad es que morir no es morirse. Morirse es algo pasivo, algo que nos ocurre, que sucede, mientras que morir es un acto, y un acto personal de lucidez, de posesión y disposición de sí mismo, de pura y de magnífica libertad. Es un sí que nos es pedido (de repente quizás) no sabemos cuándo ni cómo ni dónde ni en qué circunstancias – nadie sabe ‘la hora’ – pero que damos o estamos llamados a dar en la certeza de la fe, en la seguridad de la esperanza, en la humildad y aun en las humillaciones, bienvenidas sean, de la caridad.

Yo creo que en ese pasaje (el único momento en que, al fin, nos ocurrirá algo decisivo) tendremos una experiencia íntima de nuestro bautismo, pues es el nacimiento a una vida personal ya recibida y vivificada por Dios en la muerte y resurrección de su Hijo. Lo que seremos lo somos, y ya lo somos aunque aún no se ha manifestado. Y por eso, morir no es morirse.

Para mí (pues la muerte es algo rigurosamente personal, cada uno tiene ‘su’ muerte, la muerte le es propia) morir es morir en la muerte de mi patrón San Dimas, es decir: estar crucificado juntamente con Cristo, y no por identificación mística (eso es de los santos) sino por simple diálogo de fe, de cruz a cruz, por simple aceptación de la propia cruz, que no es ¡ay! la del Señor, sino la merecida de la condenación, de justicia: nos quidem juste, digna factis recipimus2. Por cierto que esto no es la muerte ‘con’ el Señor. Ahora toda mi vida está abreviada y resumida en mi cruz; en lo que ella significa: mis pecados; en o que ella opera: mi muerte, y en esta palara de la fe ante el que muere también conmigo (y por mí): Memento mei, Domine!3 Mientras pueda decirla en la presencia de Dios (yo, que pido siempre al Señor la gracia de morir sabiendo que me muero) ciertamente que la muerte no tiene nada de fúnebre y es un deseable, inmenso bien. Es, como la contemplación, algo a lo que nadie tiene derecho, que sólo puede recibirse del libre querer de Dios, pero para lo cual nos es dado disponernos y estar prontos si nos despojamos o nos dejamos despojar de todo…

Y yo no sé (no lo he podido saber hasta ahora) cuál es exactamente la situación que nos da la muerte biológica. No sé si al desligarnos de la servidumbre orgánico-animal, y de la interdependencia física de los elementos de este mundo, y del modo actual del tiempo y del espacio, la muerte da a la criatura espiritual humana o humano-inmaterial una situación a-cósmica. Lo que sé, sí, es que muriendo con el Señor siempre estaré ‘in Ecclesia’, en esa parte tan noble de la Iglesia: la sufriente, la expectante, que no nos priva de una acción de caridad y de presencia para con los que lucha en las sombras de este mundo.

Ce peu profond ruisseau, si calomnié – la mort4.(O Mallarmé … o jeunesse!5) ¿Puede ser mirado esto así tan desde arriba por un simple fiel que no cuenta sino con el acto sacramenta de recibir la absolución de sus pecados de mano de cualquier sacerdote? Cada uno tiene su propia muerte, es decir cada uno conoce la llaga de su corazón. Este conocimiento sólo puede ser logrado en la oración, pues fuera de ahí, fuera de ese acto de unión con la infinita misericordia, el conocimiento de sí mismo – lo estamos viendo cada vez más – sólo lleva a la desesperación o al cinismo. En la proclamación del absurdo (el triunfo de ‘l’homme revolté’6) o el gloriarse, y ahora en son de amenaza y desafío – pues las complacencias del romanticismo ya pasaron – en la propia inmundicia.

La nueva ola no es tan nueva; viene de muy atrás, de Sodoma probablemente. Pero con ser así y mucho peor, eso no es la verdad, como tampoco la radiografía es un retrato, ni el psicoanálisis un conocimiento total y menos aún profundo del alma, ni la locura y el odio a Dios es el conocimiento del ser.

La verdad no es ajena a ninguna de esas realidades. Las conoce, las ve y las incluye a todas (como incluye a todo el hombre y aún al demonio actuando en el hombre), pero la verdad, nuestra común verdad de pecadores, y mientras nos tengamos por tales, es quizás poder verse a sí mismo en el Señor, diciéndole: – Creo en vos, espero en Vos y Vos me amáis. Vos lo sabéis todo, y sabéis que no os amor, que no os he amado nunca, que no he sabido nunca realmente qué es amaros, que de amor yo sólo conozco y tengo el amor que me tenéis, y que por eso recibo este gran bien de la muerte con la esperanza de que pueda ser un acto de amor, porque en la fe ningún cristiano muere solo sino con Vos, es decir, ‘realizando’ su bautismo y unido en él a vuestra propia muerte redentora…

Mi patrón San Dimas, condenado a la cruz, fue crucificado, estuvo crucificado, vivió su vivir en Dios crucificado, pero no murió como el Señor de muerte de cruz sino a golpes. Yo deseo y pido para mí la verdad de su muerte: su cruz, su confesión, su Memento mei, Domine. Sobre lo demás, sobre la respuesta que alcance para mí esta súplica y sobre el cómo de mi ‘crurifragium’7, adoremos… Lo de Dios es de Dios: Él lo sabe.”

1 El Director era Santiago de Estrada y el Consejo de Redacción estaba integrado por Bernardino Montejano (h), Roberto Punte, Francisco Bosch, Carlos Sanz, Juan Manuel Medrano y Federico Mihura Seeber.

2 Lucas 23, 41 “nosotros justamente, pues recibimos lo que merecemos por nuestros actos”

3 Ver Lucas 23, 42: “Acuérdate de mí” Señor

4 Cita libre del verso final del poeta Stephan Mallarmé dedicado a la muerte de Paul Verlaine: Verlaine ? Il est caché parmi l'herbe, Verlaine. La última estrofa del soneto a Verlaine : “A ne surprendre que naïvement d'accord/ La lèvre sans y boire ou tarir son haleine / Un peu profond ruisseau calomnié la mort ».

5 ¡Oh Mallarmé, oh juventud! Dimas Antuña toma distancia, al parecer, de la visión de la muerte que expresa Mallarmé, atribuyéndola a la visión minimizante que puede tener un joven de lo que es la muerte.

6 El hombre sublevado contra Dios. Alude al título del tratado filosófico de Albert Camus sobre la rebelión del hombre contra Dios.

7 El acto de quebrar los huesos de las piernas de los crucificados para acelerar su muerte.

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