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Dichoso el Hombre que hayo San José

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2- CARTA A UN ESCULTOR

Para hacer una imagen de San José[4]

          Mi querido amigo: Me dice Ud. que le han encargado una imagen de San José para una iglesia y que no sabe si aceptar o no ese trabajo que considera difícil; considérelo imposible y luego acéptelo. No va Ud. por propia inspiración hacia San José (cosa que sería ir directamente a un fracaso, o a una obra falsa) sino que una circunstancia lo pone a Ud. delante del Santo. Ahora bien, yo creo que las circunstancias no existen y que delante de cada circunstancia debemos decir: Dominus est[5], y negarnos. Negar nuestros gustos, negar nuestras virtudes, negar hasta esa idea que nos hemos formado de lo que somos capaces de hacer. ¿San Pedro era capaz de caminar sobre el agua? No, por cierto. Pero era capaz de echarse al agua. Y eso es lo importante. Lo demás lo obrará el Señor en nosotros.

          Su imagen tiene un destino especial, será dedicada al culto. ¿Cuál es la función de una imagen expuesta a la veneración de los fieles?  Una función doble: 1º, despertar la devoción; 2º, no estorbar la oración.

          Vivimos in sensibus (en los sentidos). La imagen debe tomarnos en lo que estamos, en los sentidos y despertarnos, por los sentidos, a lo espiritual. Pero debe estar hecha en tal forma que no dé un deleite sensual al sentido; no debe ofrecerse con jugos de devoción sentimental, debe dejar pasar el alma a través de lo sensible.

          Y para esto la imagen debe ser verídica. Debe ofrecer claramente, con la claridad que le es propia, una doctrina clara. Así, una Dolorosa, debe representarnos los dolores de María, y es una verdadera blasfemia (catalana) representar esos dolores con la imagen de una prima donna que se retuerce las manos. Patetismo bajo, de teatro, y de teatro malo.

          La verdad de una imagen tiene un elemento intelectual "cifrado" y un elemento emocional que debe ser "templado". Los símbolos propios de la imagen deben dar la doctrina de la imagen, y el hieratismo (que no quiere decir tiesura sino majestad, presencia de Dios, temor) debe moderar lo humano, el calor  humano que es necesario que exista en una imagen, pues una imagen es un homenaje a la Encarnación, y los santos fueron hombres como nosotros.

          Despertar la devoción, no estorbar la oración. Para que la imagen no estorbe la oración debe estar construida con una unidad rigurosa. Podrá ser rica de sentido y detalles, pero es necesario que diga una sola cosa (así sea con mil detalles) y que tenga un solo movimiento o una sola quietud, como sea.

          Un barroco hará girar todo en un solo movimiento; un romántico sosegará todo en una sola quietud, de admiración o de sorpresa o de revelación sublime y pacífica. De modo que la imagen quede como apagada (así sea brillantísima), porque apagada aquí ha de ser la intención de no brillar, de no distraer, de no deslumbrar. Una imagen no debe excitar los sentidos. Debe despertarnos de la vida sensible y tirarnos de adentro a sosiego. La Inmaculada de Murillo hace imposible el sosiego; la Dolorosa del Sagrario, en la Catedral, nos impone silencio. Evitemos a Murillo, que era mulato. Imitemos al que hizo la Dolorosa, que no sabemos quién era.

          Los sentidos deben quedar en una imagen como la ropa en una percha: el oficio de la imagen después de despertar los sentidos a devoción es "dar paso", dejar el alma en libertad. Cuando la oración termine, el alma volverá a la imagen y recogerá de ella los sentidos que dejó sosegados en ella. Si una imagen cumple así su oficio, diremos de esa imagen que es devota; es decir, que no está desatada, sino sujeta (devoción, quiere decir sumisión amorosa) y produce sentimientos de humilde sumisión a Dios.

Veamos ahora el caso particular

de la imagen de San José.

          Para "cifrar" la imagen el artista dispone de ciertos símbolos que declaran la vida y los misterios de San José. Debe estudiarse en particular cada uno de esos símbolos, sin pensar en la imagen: la imagen será construida después con ellos. Estos símbolos son: La túnica, el manto, la corona, el martillo, la vara y la flor, la descalcez, el Espíritu Santo.

          Luego debe estudiarse el "hieratismo", es decir, la actitud, el calor humano y la moderación divina de la estatua. En esto tendremos en cuenta: si estará de pie, si oye o mira, si lleva o presenta al niño, si se apoya en la vara, o la lleva, o la empuña.

          Esta solución "concreta" de la imagen puede ser realizada de las más diversas maneras: yo supongo aquí una imagen que haría yo para mí, lo que no implica que no pueda ser hecha de otro modo, diferente y hasta mejor, es decir, en el que luzca con más claridad formal la doctrina de lo que debe ser una imagen y la verdad de lo que debe ser un San José.

La túnica: El santo debe estar vestido. Yo le pondría la túnica de muchos colores de José. No podemos, no debemos ni confundir ni separar a José de San José; y en José tenemos cantidad de cosas sensibles que dan luz sobre San José. Le visto, pues, la túnica polymita, de muchos colores, la túnica de zarzahán, que significa la variedad de las virtudes, y que es un regalo del Padre. ¿Hay algún inconveniente estético? Se resolverá por los medios propios de la escultura policromada cuyos recursos son muchos. Lo esencial es saber que queremos vestir a San José con la túnica de colores de José.

El manto: El manto debe ser la stolabyssina que Faraón vistió a José cuando fue exaltado. Yo le pongo, pues, un manto de un solo color, claro. El manto es la caridad perfecta que vincula, cubre y cumple todas las virtudes. Es la perfección del matrimonio espiritual del alma confirmada en gracia. La realización del manto queda librada al artista; lo único importante es querer realizar ese manto de una sola tela, de un solo color claro, por oposición a la túnica llena de variedad; lo importante es tener conciencia de que el manto éste es la cima de perfección del santo, donde una sola cosa es necesaria y esa sola cosa ha sido lograda y vivida hasta que nos ha transformado en ella. Así pues: el vestido tiene esa oposición, la variedad de la túnica y el color uno y simple del manto.

La corona: San José es príncipe y debe llevar una corona. Puede llevarla en la cabeza, pero eso resultará poco claro. Beuron[6] pone la corona en el aire, atravesada por los rayos. El símbolo ahí es claro. Puede ponerse en otro lugar. Podría realizarse esta idea: "en San José el príncipe y el obrero uno al otro se anulan para que la carne no pueda envanecerse de ninguno". La corona y el martillo irían juntas, como fueron en su vida.

El martillo: Símbolo claro de que es "faber", carpintero o herrero. Pero ya se sabe la doctrina sobre esto: – es "faber" por imitación del Padre, Faber de toda la creación, Artesano del mundo - y carpintero por razón de la Cruz del Hijo. Yo sé que todo esto no sirve a un artista que ya tiene las manos puestas a la obra: pero si estas cosas se ponen bien adentro, Dios da, sin saber nosotros cómo, el modo de realizarlas. No es indiferente mientras ponemos el martillo pensar que es el martillo con que se desclava a Cristo: José de Arimatea también responde a San José, le es armónico.

La descalcez: Otro misterio: recordemos que no está descalzo porque le falten zapatos, sino porque se ha descalzado.

          Está descalzo como Santa Teresa. Los pies descalzos son la base: la pobreza, la primera de las bienaventuranzas, puerta del Reino. ¿Cómo puede darse esa descalcez? Todos los pies descalzos, cualquiera sea el motivo de la descalcez no son idénticos. No. No son iguales los pies descalzos de una estatua griega que los de Cristo, puestos sobre el áspid y el basilisco. Entremos en esta doctrina, en esa luz de los pies descalzos y ya Dios nos dará cómo expresarlos.

La vara: Aquí tenemos el símbolo por excelencia de San José: su vara es el bastón alto del patriarca, vara de autoridad - porque es patriarca - y de peregrino - porque los patriarcas caminaron hacia una ciudad que no es de este mundo -. No me gustan ninguna de las dos varas de Beuron. Me gusta totalmente la vara del Greco: que sea un bastón así, todo un bastón.

Misterio de la flor: San Luis Gonzaga, San  Antonio de Padua, tienen una azucena: símbolo de la pureza virginal. La azucena cortada larga, el chicote de lirio, es decir un tallo y una flor que sale del tallo: flor propia del tallo, tallo hecho para la flor. Nada de esto conviene a San José y es preciso evitarlo so pena de embarullar todo en una majadería de pureza sentimental. La flor que florece en la vara de San José es de puro milagro: es como la que floreció en la vara de Aarón. El bastón de San José, su bastón de patriarca, no debe tener proporción de tallo con la flor. El bastón es autoridad del marido: que sea fuerte. La flor es independiente de ese bastón: que sea pura. Y que se vea bien que la flor y el bastón van juntos no por consecuencia y proporción natural (como la que existe entre el tallo jugoso y las flores de una vara de nardo) sino por pura gracia de Dios "añadida" y no "exigida". La flor va en el bastón, pero no sale del bastón. El bastón que lleve la flor, pero no porque le haya sido dado al Santo para llevarla. Le ha sido dado el bastón para llevar el Niño, y la flor, esto es, la virginidad, es como un rocío de lo alto. Está unida al bastón: nada más. Insisto en esto porque en esto fallan las imágenes modernas de San José. Yo llegaría a poner la flor en la punta del bastón. La pondría un poquito antes, como un brote. La vara dice: es patriarca. La flor: es virgen. La dos cosas están juntas, pero no tienen relación de dependencia o consecuencia.

El Espíritu Santo: Debe llevar un símbolo del Espíritu Santo por haber tenido la plenitud de los dones a pesar de pertenecer al Antiguo Testamento. San José fue como los "hijos de Dios" que son "movidos" (accionados) por el Espíritu Santo. Unos ponen los siete rayos, como en Beuron. Otros la mano (el Padre) con el dedo (el Espíritu Santo) como en la otra estampa de Beuron. La idea debe ser ésta: Quien mire debe entender que este Santo es conducido personalmente por el Espíritu Santo. Dios lo conoce por su nombre, como a Moisés, y lo conduce con una providencia singularísima, indecible.

          Tales son los símbolos para cifrar la imagen: esa es la doctrina. Veamos ahora el acto, la presencia simple que lleva todo eso, subordina todo eso, habla con y por todo eso y dice una sola cosa.

Actitud: de pie y presentando el Niño al pueblo fiel. Evitar que aparezca llevando el Niño, de niñero. Que empuñe bien la vara y presente el Niño: son dos cosas correlativas: son su misión, su "majestad". Y que la figura suya quede velada en la humildad: que dé la impresión de un hombre grave, que sabe lo que hace, que sabe quién es, que sabe para qué está ahí de pie, pero que no se produce ad extra[7]. Yo pondría la cabeza "oyendo" y los ojos mirando para dentro: una cabeza que hace atención, que presta atención. Presta atención al pueblo y al Niño, oye a los fieles y oye al Verbo.

          La Virgen mirando al Niño ha sido toda la Edad Media: la relación de la Virgen y el Niño permiten eso y la ingenuidad filial de la Edad Media merecía expresar eso. Nuestra época es muy dura y San José está en medio del hambre[8]: presenta al Niño para aplacar a los monstruos y tiene esa actitud de oír para darnos calma. Que esté envuelto en silencio y contagie silencio. Que su actitud de presentar al Niño sea como para exorcizar el siglo.

          El que trabaja para San José debe renunciar a ser "Artista". El Artista es una cosa del Renacimiento, del mundo. En la Iglesia se necesita un oficial artesano, es decir, un hombre que conozca su oficio y trabaje con manos puras. Para una imagen que va a ser objeto de  culto conviene más un espíritu de obediencia que un espíritu de afirmación individual. Trabajemos en un San José por docilidad al Espíritu más que por inspiración propia que busca expresarse.

          Rafael y los otros del Renacimiento hicieron cosas bellas con la Sagrada Familia, los Desposorios, etc. Pero la belleza es de ellos, no de los misterios. Los misterios son un pretexto, para expresar el alma del Artista. Aquí debemos proceder al revés: que las manos del oficial sean un pretexto para que pasen por ellas – con humildad y obediencia y negación de sí – los misterios de Dios. Evitemos a Rafael: evitemos también a Beuron. Una lectura exacta no es una cosa que canta. Beuron no estorba, pero no despierta. Beuron es un catecismo[9]. Cosa excelente, descanso del espíritu después de las locuras literarias. Pero no es un prefacio, no es una antífona, no despierta. Y la imagen debe "recordarnos"[10].

          Greco tiene de grande que precipita sobre San José esos ángeles, y le da el paso del patriarca extraño a este mundo, pero a Greco le falta el sentido trágico de San José: yo le hubiera pedido a Greco que pusiera no ángeles celestes, sino de tinieblas: en la misma forma que esos ángeles, los otros, "las potencias del aire" de que habla San Pablo, dominadoras del mundo moderno.

          Que la imagen de San José tenga algo de grande, de simple: algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el "devoto josefino" entre a la iglesia con intención de pedir plata, o cosas temporales y egoístas, y sea detenido por la paz de San José y pida oración, conocimiento de sí y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época. Yo quisiera poner en la peana del Santo esta palabra de las Letanías que resume, para mí, el misterio de iniquidad de nuestra época y el misterio de clemencia revelado a nuestra época en San José: Sancte Joseph, terror daemonum, ora pro nobis, San José, terror de los demonios, ruega por nosotros.

Miércoles, 5 de agosto de 1931

Nuestra Señora de las Nieves

LOS DESPOSORIOS DE SAN JOSÉ[11]

         

Este es el cuadro de los desposorios. A la derecha están los pretendientes rompiendo sus bastones, y hasta es posible que no haya habido pretendientes. A la izquierda los parientes miran y no ven: ¿quién ve menos que un pariente? Y en el centro, de pie, San José y la Virgen, y el Sacerdote.

          El Sacerdote, tomando la mano derecha de la esposa, la entrega a la derecha del esposo, y dice: – El Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob sea con vosotros, y él os junte, y él cumpla en vosotros la bendición de él.

          A lo lejos se ve el Templo como una gloria. El Templo resplandece, palidece – comprende.

          Los pretendientes son pueriles; los parientes, amenos; el Sacerdote no sabe lo que hace. La realidad, toda la realidad de este cuadro está en el primer plano, en San José y la Virgen, y esa realidad, como con ímpetu de espíritu, repercute en el fondo: la figura del Templo la recibe.

          Porque el Templo está en los Desposorios como el Coro en la liturgia o como el sol en el Calvario, para padecer el misterio, y, así como el Coro levanta el aleluya o como el sol se entenebrece, el Templo recibe aquí la acción de San José y la Virgen, y conoce su ocaso.

La Virgen es muy joven, casi niña.

La Virgen mira a San José como iluminándolo. Se ve la mirada pero no se pueden ver los ojos de la Virgen.

          San José es un hombre, un hombre hecho, de cuarenta años. Está ligeramente inclinado hacia su esposa. No la mira. Tiene los ojos bajos. Todo lo que puede haber de temor, y de amor, y de reverencia en el hombre, está en esa actitud de San José.

          La Virgen le tiende la mano. Él va a tomarla. Va a tomar la derecha de la Virgen en su propia mano derecha, y está atónito. Le parece increíble este momento de su vida. San José siente un gozo grandísimo, San José está como uno que se despierta o que se acuerda.

San José dice:

“La amé y busqué desde mi juventud, y escogí tomármela por esposa. Me hice amador de su hermosura porque realza su nobleza la estrecha unión que ella tiene con Dios. Propuse, pues, traérmela para vivir en su compañía, sabiendo que ella comunicará conmigo sus bienes, y será el consuelo de mis pensamientos.

          Por ella tendré gloria entre las gentes, y honra entre los ancianos siendo joven. Al entrar en mi casa con ella tendré descanso, porque ni su conversación tiene amargura, ni tedio su trato, sino alegría y gozo. Y pensando esto conmigo, y repasando en mi corazón:

          Que se halla un placer santo en su amistad, y en las obras de sus manos, riquezas, y en el ejercicio de su plática, inteligencia: di vueltas buscando cómo traérmela conmigo. Y como llegué a entender que de otra manera no podría alcanzarla si Dios no me la daba, acudí al Señor, y le rogué, y dije de todo corazón:

          ¡Dios de mis padres, envíala de tus santos cielos para que esté conmigo y trabaje, y no me quieras desechar de entre tus siervos!

          Y me vinieron juntamente todos los bienes con ella, y me alegré en todas las cosas”[12].

          Hasta aquí lo de San José. San José dice todo esto en su corazón, no con palabras. Lo dice con su silencio, con su reverencia, con su actitud. Estas palabras son el ritmo del cuadro, su movimiento de líneas, lo que entrega el misterio. Pero él no habla.

          Y, por otra parte, esas palabras no son suyas. Son palabras de la Sagrada Escritura, del Libro de la Sabiduría, es decir, palabras del Espíritu Santo; es decir que son palabras del justo que siente de la Sabiduría todo eso; es decir que son realmente las palabras de San José en este momento: cuando el Sacerdote (va a destruir el Templo, no sabe lo que hace), tomando la derecha de la Virgen la entrega a la derecha de su esposo.

+ + +

Ilustración publicada en la revista Baluarte

 

VIDA DE SAN JOSÉ

Prólogo de Eilhard Schlesinger[13]

Esta conferencia sobre san José, pronunciada por el autor en La Fraternidad de la Asunción, el día 9 de junio de 1940, difiere mucho de las cosas que comúnmente se leen sobre el Patriarca. La vida de un santo no puede ser un simple tema del género literario de la biografía, pues semejante biografía, que puede escribir hasta un ateo, vendría a presentarnos esa vida precisamente en los aspectos que menos interesan.

          La biografía de un santo debe ser la ilustración de la palabra del Salmo: Mirabilis Deus in sanctis suis, es decir que debe mostrar los misterios de Dios que se revelan en el santo, y vistos con los ojos de la fe. Así en la vida de San José, un biógrafo común, por ejemplo, y aunque sea creyente, llega pronto a la conclusión de que es muy escaso el material aprovechable, y falto de datos positivos y a fin de dar entero cumplimiento a las reglas del género, llena los vacíos con inducciones de su imaginación o con afirmaciones más o menos plausibles o edificantes.

          En el libro de Dimas Antuña que comentamos, el pensamiento va por otro camino; no se trata de una biografía precisamente, sino de la inteligencia que procura a un cristiano contemplar los misterios de la vida del Patriarca en función de la parte importantísima que tuvo san José en la economía de la Encarnación. Anteriores escritos del autor atestiguan en él esta preocupación espiritual; de éstos debemos señalar especialmente su libro El que crece (París, 1929) porque él constituye en cierto modo la base de la presente obra.

          En El que crece Antuña consideraba el misterio del patrocinio de San José sobre la Iglesia universal, guiado principalmente por el oficio divino de la festividad, y allí al comparar a san José con san Juan Bautista y estudiar paralelamente a estos dos grandes santos, que en su relación íntima y directa con el misterio de la Encarnación no se oponen, pero no coinciden, descubrió la esencia de la santidad del Patriarca. Ambos santos son el cumplimiento de diferentes figuras de la Antigua Alianza, ambos tienen un ministerio propio en la Encarnación y en la vida del Verbo Encarnado, y a ambos finalmente, y como consecuencia de lo anterior, les corresponde una misión peculiar en la Iglesia, es decir, en el Cuerpo místico, continuación y complemento de la Encarnación.

          San Juan Bautista, voz del Verbo, como lo llama san Agustín, es la plenitud de los profetas y más que profeta, porque no anuncia solamente lo que ha de venir, sino que lo señala con el dedo; manifiesta al Verbo públicamente y sufre luego el martirio. San José, en cambio, es la plenitud de los patriarcas y el Patriarca por excelencia, pues no trasmite la esperanza de Israel, sino que la lleva en sus brazos y la guarda. Así, san Juan Bautista viene a ser la figura del apostolado de la Iglesia y le corresponden, en la historia de la Iglesia, los siete años de grande hartura; mientras que san José es la más perfecta expresión de la vida oculta, de la vida de negación espiritual contemplativa y, en su silencio, guarda el pan para los siete años de hambre.

          Esta inteligencia, ahondada y llevada a mayor madurez en el transcurso de los años (El que crece es un libro de juventud), le ha permitido a Antuña darnos en La Vida de san José un croquis – dice él – que manifiesta al santo con una claridad y una sencillez maravillosas. En él aparece san José como el prototipo de la vida espiritual cristiana, tal como la describen, por ejemplo, santa Teresa o san Juan de la Cruz.

La firmeza del dibujo y la armonía de sus partes revelan una gran unidad de concepción. Los datos positivos, es decir, lo que la fe nos enseña sobre la vida de san José, permiten distinguir dos partes principales en ella: una es su vida hasta la Encarnación; la otra su ministerio como Patriarca y cabeza de la Sagrada Familia.

          Cada una de estas partes se compone de tres elementos; la primera comprende, 40 años de apartamiento en Nazareth, el día de los Desposorios y su noche, es decir, la agonía del santo cuando creyó que debía dejar a la Virgen; la segunda está formada por tres viajes.

Y en efecto, el Evangelio atestigua tres viajes de San José: el primero de Nazareth a Belén, para empadronarse, y de allí a Jerusalén, para la presentación del (p. 163) Niño. Es el viaje real; el autor expone luminosamente ahí una cosa que está a la vista de todos pero que generalmente no se ve: queremos decir, la realeza, la condición davídica de San José.

          El segundo viaje es la huida a Egipto, llamado el viaje profético, por los misterios que en él se cumplen y en él a su vez se prefiguran. Y, el tercero, la subida a Jerusalén para inmolar la Pascua, viaje que el dolor de los tres días, por la pérdida del Niño y las palabras del Niño a la Madre al hallarlo en el Templo, hacen que sea llamado el viaje sacerdotal, por la inmolación y perfecta unión con Dios que estos actos se descubre.

          Estos viajes presentan los estados del camino espiritual en sus tres vías purgativa, iluminativa y unitiva. Pero es interesante advertir que también los tres elementos de que se compone la primera parte de la vida del santo (el apartamiento de Nazareth, los Desposorios y la agonía) tienen relación con estos tres estados espirituales y con los tres viajes, de manera que todo este libro está concebido algo así como una espiral que va desenvolviéndose y reitera, en diferentes alturas y cada vez con mayor amplitud, un mismo ritmo ternario.

          De las dos afirmaciones de la Escritura que atestiguan para siempre la grandeza de san José: varón de la casa y familia de David y justo, se ve que el autor concede prioridad a la primera, al Nombre, a lo que el santo es. San José es Hijo de David. Pero lo es plenamente, sin restricciones. Por el nombre y la sangre en espíritu y en verdad. Es Hijo de David como nosotros somos cristianos, es decir, que está en el misterio espiritual de David y espera, como nosotros esperamos las promesas de Cristo. La justicia viene luego, y expresa su perfección moral, pero es perfección moral de un hombre que tiene conciencia davídica, es decir, que es una participación del vituperio de Cristo. Finalmente estos dos conceptos llevan al autor a una lectura del Evangelio en la cual la determinación del santo de apartarse de la Virgen, lo que se llama comúnmente la tentación del Patriarca, es un acto específicamente espiritual, ajeno a sugestiones bajas, y determinado a la vez por su justicia y por su conciencia davídica. No es una duda, dice, es una agonía.

          La precisión y sencillez de expresión que el autor ha logrado en esta obra, ponen La vida de San José al alcance de todos. Si su contenido invita a meditar los admirables juicios y profundos misterios de Dios en sus santos, la claridad de su prosa (realzada por una impresión muy nítida) y el equilibrio de la composición, hacen que esa meditación se produzca sin esfuerzo y dentro del deleite que proporciona el comercio de toda obra de arte..  Eilhard Schlesinger.

Tarjeta de Esther de la poetisa de Cáceres

+ Día de la festividad de San José, 1963

Pax a Dimas Antuña

Muy estimado en Cristo: Anoche, preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos su precioso libro sobre San José. A todos conmovió la verdad esplendorosa del texto; ¡el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema!  ¡El que más ahonda en el gran misterio y el que más aborda con unos medios estilísticos adecuados y valiosísimos en sí mismos.

Hemos quedado soñando en la reedición, y desde ya rezamos para poder realizarla.

Gracias, querido amigo, por esta dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración los acompañará siempre      Clotilde Barbé                                    Esther de Cáceres[14] +

VIDA DE SAN JOSÉ

Conferencia

Señores:

Agradezco a la Reverenda Madre Superiora la invitación que me ha hecho para dirigiros la palabra. Voy a hablaros invitado por ella y el tema de mi conferencia será La vida de San José.

Este tema os parecerá un poco extraño. Se comprende que la vida de san José  pueda ser objeto de un sermón, de una homilía, de una meditación piadosa, es decir, un tema de predicación reservado por su naturaleza misma al sacerdote.

Un simple fiel, ¿qué puede decir de san José?

Ha habido santos, por ejemplo, un san Pablo o un san Juan Bautista, de los cuales parece que cualquiera podría decir una palabra con acierto.

          San Pablo viajó, escribió, predicó, influyó en las ideas de su tiempo; tuvo discusiones doctrinales con los judíos, los paganos y aun los propios cristianos…

          Y por su lado san Juan Bautista es el autor de aquel bautismo de penitencia predicado a todo el pueblo el cual le atrajo terribles luchas con las autoridades de su época.

Los dos santos tuvieron eso que se llama vida pública. Y así, sin entrar en la santidad misma de ellos, sin entrar en el secreto de sus almas, que, para san Pablo está, todo él, en el misterio del rapto, y para san Juan Bautista en aquel hecho de haber estado en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel, sus ideas, sus actos, sus luchas, pueden ser motivo de un estudio histórico y en cierto modo profano.

Esos santos fueron enviados. Tuvieron una misión. Pero el caso de san José es muy diferente.

2 - Y, para empezar, de San José no tenemos ni una sola palabra en la Escritura. San José no tuvo ninguna acción visible en los acontecimientos de su época. No tuvo que afrontar al rey Herodes como san Juan Bautista, ni se presentó a los hombres con una palabra nueva como san Pablo.

          No tenernos nada que hacer con él ni en el orden político ni en el dominio de las ideas. Su vida está completamente fuera de eso que se llama la vida pública;

fue una vida como la nuestra,  una vida privada.

San José tuvo que soportar el orden exterior del mundo y; dentro de ese orden, justo o injusto, no hizo otra cosa sino callar, obedecer, y buscar el pan de cada día.

3- Ahora bien, si en la vida privada de este hombre hay algo más, ese algo más es de un orden enteramente espiritual. Es, como nuestra vida religiosa, un secreto del alma;

algo que pasa en lo escondido, lejos de la mirada de los hombres.

          La vida exterior de san José, pues, pertenece a lo que se llama la vida privada, y el misterio que pueda haber en esa vida es algo religioso, algo invisible, algo que pasa delante del Padre y que corresponde a lo que se llama la vicia oculta.

4 - Y esta semejanza entre la vida de san José y nuestra vida, es lo que me alienta a hablaros del santo.

¿No somos todos personas privadas? Ciertamente que no estamos constituidos en dignidad. Nos movemos fuera de toda actuación. No pertenecemos al número de los que mandan ni al número de los que enseñan: somos mandados y somos enseñados y no tenemos otra cosa que hacer, cada día, sino callar y obedecer, buscar el sustento y padecer todas las leyes divinas, humanas, justas o injustas, que quieran ponernos sobre el hombro.

          Y si hay algo más en nuestra vida, eso no deriva de nuestra posición social exterior. Ni de nuestros estudios, que no hemos hecho, ni de nuestra capacidad intelectual, aunque la tengamos, sino de nuestra situación interior.

          Proviene de que somos cristianos. Proviene de nuestro bautismo, de la confirmación, de la eucaristía, de la penitencia: en una palabra, proviene de la vida divina que Dios nos comunica por su Hijo y del hecho que, espiritualmente, pertenecemos a ese cuerpo divino y humano de la Iglesia que está animado por el Espíritu de Dios.

5 - Esta doble condición, ser obreros y ser cristianos, y este hecho felicísimo de movernos en la vida privada y tener una vida oculta en Dios con Cristo, creo que nos da ojos y acaso nos permita ver algo en la vida de san José.

Pero como dispongo de poco tiempo abreviaré cuanto tengo que deciros en algo así como un dibujo o un croquis.

          Cualquier obrero que conoce su oficio ve con claridad lo que se le pide que haga, supongamos que un mueble, una silla, en el croquis que se le presenta.

          Las patas, el asiento, el respaldo, etc. y la correlación de las partes, y el material y la solidez requerida, todo eso lo ve rápidamente en cuatro rayas porque lo mira, no con los ojos de la cara y como está en el papel, sino con la experiencia práctica de quien conoce la forma, los materiales, el destino del mueble.

         

Y lo mismo aquí: yo voy a claros el croquis, el esquema de la vida de san José, y, vuestra atención y vuestra experiencia, como hombres de trabajo que saben lo que es ganar el pan de cada día, y como cristianos que saben qué es vida de oración y unión con Dios, os dará alguna inteligencia de lo que fue  aquel santo.

6 - Y el esquema que os propongo de la vida de san José es éste: Cuarenta años, un día, una noche, y tres viajes.

Sí, cuarenta años de apartamiento en Nazareth. Un día, un día luminoso: la mañana de los Desposorios – y su noche: aquella agonía del Patriarca cuando creyó que debía dejar a la Virgen. Y tres viajes: el viaje real, el viaje profético y el Viaje sacerdotal.

Una vez que declare cada uno de estos puntos vosotros podréis ver la vida del santo de un modo imperfecto, naturalmente, pero con alguna claridad, y sobre todo

con esa claridad que es propia de un plano o de un croquis, es decir, percibiendo bien la proporción y aquella unidad que parece como que brota de la economía de todas las partes.

CUARENTA AÑOS

1 - En aquel tiempo (digamos que el año 40 antes de Cristo) un hombre de la casa y familia de David llamado Jacob, engendró un hijo. Nació el niño, y, cuando se cumplieron los ocho días, conforme a la ley de Moisés fue circuncidado y le pusieron el nombre de José.

          En la Antigua Ley la circuncisión era un acto en cierto modo sacramental. Por este rito el niño nacido renunciaba a la vida profana y entraba en alianza con Dios.

La circuncisión quitaba al niño judío la inmundicia de la carne y le daba un nombre entre los hijos de Israel. 

          A san José, pues, lo circuncidaron, y le pusieron José, un nombre muy antiguo,

pues el primero que lo llevó fue  aquel Patriarca, aquel antiguo José, el de Egipto, hijo de Raquel, y fue  llamado así porque su madre al tenerlo exclamó: Quitó Dios, Añádame el Señor.

          José, pues, quiere decir: Quitó, añadió, y por eso este nombre se traduce por aumento o crecimiento, y es tanto como decir: el que crece, o Hijo que crece, o

Hijo a quien Dios hace crecer.

          San José, pues, hijo de Abraham como todos los judíos y, como hijo de Abraham, circuncidado, entra en la alianza con Dios y recibe un nombre que quiere decir en Israel: Quitó Dios, Añádame el Señor.

2 - Pero él no es solamente hijo de Abraham como todos los judíos, sino que también es Hijo de David. San José pertenece a la casa y familia de David, desciende en línea recta del Rey, es el heredero de muchos Reyes, y este hecho, civil y religioso, exterior e interior, es la razón de ser de toda su vida. No sería él quién es si no fuera Hijo de David.

3 - Y ¿quién era David? Ya lo sabéis. Todas las promesas que Dios había hecho a Abraham y a su descendencia, y todos los misterios que estaban figurados en la Ley,

 Dios los había puesto como ligados a un nombre y a una familia: ligados a David, el Rey, y a su familia, la Casa de David.

          Lo que estaba prometido en David tenía que cumplirse, y lo que estaba figurado en la Casa de David tenía que hallar su realidad.

4 -  Y ¿qué estaba prometido? El Mesías Señor.

Un Hijo de David que sería hijo del Altísimo, a quién Dios daría el trono de David, su padre, que reinaría sobre la casa de Jacob, por los siglos, y cuyo reino no tendría fin.

5 - Así, pues, la Casa de David era el nudo de las promesas divinas.

Todo lo que esperaron los Patriarcas y todo lo que anunciaban los Profetas, todo lo había ligado Dios, con juramento, a David, el Rey, y a su descendencia.

Y de esto se seguían consecuencias no solamente políticas - lo político, aun cuando entonces (como ahora) excitara todas las pasiones y removiera los apetitos, pero lo inferior de aquellas promesas - sino consecuencias religiosas, sagradas, cosas de vida o muerte en el orden espiritual y eterno, pues la venida del Mesías, del Hijo de David, era considerada, no solamente como el advenimiento de un gran príncipe, sino como una poderosa intervención de Dios en su pueblo y como el acto supremo con que el Señor iba a manifestarse a las naciones.

          Así como nosotros recitamos el Credo y según esos artículos de nuestra fe decimos claramente lo que creemos y esperamos, así un judío podía decir de sí mismo y de su pueblo lo que creía y esperaba.

          Podía decir: -Creo que estoy en alianza de fe con el Dios de mis padres, el Dios vivo, Dios de Abraham, e Isaac, y Jacob, el cual ha hablado por los profetas y ha dicho que la Casa de David permanecerá eternamente, y que de su linaje ha de venir el dominador de las naciones, el Mesías Señor.

6 - Ahora bien, exteriormente, en el orden social y político, cuando nació san José David y los Reyes hijos de David habían pasado hacía ya muchísimo tiempo. En esos días la Judea era un país tributario de los Romanos y sobre el pueblo de Dios reinaba Herodes, un intruso, criminal y astuto.

          Pero delante de Dios y en las conciencias, dentro de ese orden religioso adonde no puede llegar la mano de los hombres y que apenas si es tocado por los acontecimientos exteriores, el juramento dado por Dios a David permanecía, y nadie dudaba que las profecías habían de realizarse.

          Aquello era sagrado, era divino, tenía una fuerza terrible: estaba en todos los corazones, se llamaba, (aun hoy se llama) la esperanza de Israel.

7 - Según esto, pues, notemos cuál era la posición de san José. Llamado en Abraham a la fe como todos los judíos, y escogido en David como varón de su linaje, llevaba el nombre y los derechos de la Casa, era el heredero de los Reyes, en él venían como a descansar, en cierto modo, en aquel momento, las promesas.

          Y su situación era desconcertante. Porque era príncipe y no llevaba vida de príncipe; era Hijo de David (Hijo de David era su nombre de familia, lo que nosotros diríamos su apellido), pero, desconocido, ni siquiera era llamado por su nombre.

En la Sagrada Escritura los ángeles lo Llaman: José Hijo de David. Pero los hombres no. Los hombres, todos los hombres, aun sus mismos parientes, lo llaman: José el Artesano. Entramos, pues, en uno de los misterios de su vida.

8 - El hijo de los Reyes es un artesano: el descendiente en línea recta de David es un obrero: el depositario en un momento dado de los derechos mesiánicos, Dios ha querido que sea faber lignarius, un carpintero. Y mirad que san José sabe quién es.

          San José tiene conciencia davídica, lleva en su corazón las promesas de su Casa, guarda fidelidad a David, guarda fidelidad religiosa a la palabra firme,

a la palabra que Dios dió con juramento, a David, pero apartado, desconocido,

tenido en nada, vive en Nazareth (una aldehuela desacreditada de la que nada bueno podía esperarse), y trabaja cada día, como trabajan todos los obreros de este mundo.

9 - San José, pues, es un obrero. Pero hay obrero y obrero. Porque vamos a ver, si yo soy carpintero hijo de carpintero ¿qué agravio hay en esto?

          Con alegría, con paz, con la alegría de mi oficio (que es un buen oficio) tomaré cada mañana mis herramientas. Pero si soy carpintero hijo de los Reyes, si soy, en línea recta, hijo de David, el Rey, ¡qué misterio! ¡qué humillación! ¡qué castigo!

          Notemos, pues, que san José lleva el castigo de su Casa. Los hijos de David, los Reyes, casi todos fueron rebeldes al Señor. Impíos, idólatras, sensuales,

-¡Oíd, pues, Casa de David!, clama el profeta, ¿por ventura os parece poco ser molestos a los hombres sino que también lo sois a mi Dios?

10 - Así, pues, si san José es un obrero (y sí, lo es), entre los obreros habrá que ponerlo aparte.

Y ved ahí, eso es precisamente lo que hace el Señor: lo pone aparte, pues san José vive - no en Bethleem que era la ciudad de David, ni en Jerusalem que es la sede del Rey, sino en Nazareth.

San José es José el Artesano, el de Nazareth: no José el Artesano, solamente, sino José el Artesano, el de Nazareth, y el de Nazareth o Nazareno es tanto como decir Apartado.

11 - En esto de Nazareth, como en José, como en David, como en todas las palabras hebreas,  hay una significación profética, es decir, algo que ha sido dado a la palabra misma para inteligencia, pues todo aquel Antiguo Testamento les pasó a ellos en figuras y anuncios de misterios venideros.

Y así, todo en él, los nombres, los actos, los lugares, las personas, son como letras o palabras significantes del Mesías y de la vida nueva que por el Mesías nos habría de venir.

          Nazareth, pues, quiere decir: flor, y Nazareno, apartado, de manera que la flor, lo mejor, lo excelente es apartado, y ¿para qué? Para Dios. Para ofrecerlo y sacrificarlo. Nazareno, pues, es tanto como decir: puesto aparte para Dios, y por esto Nazareth es algo así como la clave de la vida de san José,

12 - En Nazareth se juntan y se explican su nombre y su sobrenombre: José Hijo de David y José el Artesano. Si solamente fuera príncipe y solamente artesano, como las dos cosas puestas en la misma línea son contrarias, la una con la otra se destruirían y no sería nada.

          Pero ved que es José y que es el de Nazareth, y, como José, crece, y, como Nazareno, está apartado.  Hijo de David es José y crece: Artesano es el de Nazareth, y está apartado para Dios.

          ¿Qué hace, pues, san José en Nazareth? -Crece apartado, y, dentro de ese misterio, de su sobrenombre, desempeña su nombre.

¿No dijimos que es el que crece? Y ¿qué es crecer si no es precisamente quitó Dios, añádame el Señor? Crecer es deshacerse de algo para asumir algo: es despojarse o ser despojado de algo inferior y recibir, en ese despojo, lo que el Señor añade.

13 - Veamos, pues, qué quitó Dios a este Hijo de David para hacerlo crecer, y qué le añadió el Señor (el Espíritu Santo, Señor y vivificador) para que su crecimiento fuera alcanzado. En el heredero de los Reyes, en el varón de la Casa y familia de David, quitó Dios el cetro, la diadema, la situación visible de su grado, el poder, las riquezas y la gloria.

14 - Ahora bien, ¿qué queda en el príncipe  a quién Dios despoja de este modo?

Si su nobleza fuera puramente humana y nacida de la carne, en verdad que no le quedaría nada o casi nada. Pero su nobleza es una elección, es una unción de Dios,

una palabra permanente: ¡Juré a David, y no me arrepentiré!

Y ved ahí lo que le queda a este Hijo de David que Dios despoja y desnuda de la grandeza de este mundo: Le queda el nombre, le quedan las promesas de su Casa; le quedan las profecías, le quedan los derechos mesiánicos, le quedan la Ley y los Profetas (y los Salmos) que están en su mano como una escritura firmada por Dios: como pudiera estar en la mano de un mendigo un pagaré o una letra, es decir, un documento válido, extendido a su nombre, con fecha cierta y firma auténtica, y solvente.

15 - San José, despojado, puede oír la palabra del ángel que le dice:

-¡Ten lo que tienes!  ¡que nadie tome tu corona!  Guarda tu fe, guarda tu nombre.

Y así él calla, pues, y aguarda, y pone su corazón en la presencia de Dios, y; lejos de ir a perder su vida en disputarle a Herodes el gobierno, se ve a sí mismo y pronuncia su propio nombre.

Dice: -Quitó Dios, fiat! Añádame el Señor.

16 - Y ¿qué le añade el Señor?

Sobre el nombre y los derechos mesiánicos, sobre la fe y la fidelidad, sobre la desnudez del príncipe (despojado de su forma de príncipe pero no de su alma de príncipe) el Señor añade: pobreza, trabajo, afanes y desprecio.

          Le da el Señor las herramientas de un oficio servil: el martillo, las tenazas, los clavos (le da los instrumentos de la Pasión de Cristo) y al hacer esto lo toma para sí,

lo aparta y hace de él un pobre.

17 - ¡Ah, Dios es uno, Dios ama la unidad! Ved cómo junta Dios en este santo el nombre y el sobrenombre, cómo junta en lo más profundo y secreto de su alma la conciencia davídica y el corazón nazareno.

Los dos nombres que parecían el uno con el otro destruirse, en realidad son como las raíces que alimentan en él una vida más alta.

          El en orden social, exterior, príncipe y artesano son contrarios. No puede un hombre a la vez y en la misma línea mandar y ser mandado, regir y humillar la cabeza.

Por otra parte el Quitó Dios, el despojo de la forma de príncipe, se reduciría a una simple privación si san José fuera un obrero y nada más que un obrero, y no habría entonces crecimiento.

          Pero lo que el Señor añade, la condición de obrero, es la forma externa de una dignidad espiritual, y así, el ser obrero, en él, es vestidura.

18 - Los de Nazareth miran con los ojos de la cara, y ven al santo, y dicen:

-Lo conocernos, éste es José el Artesano.

          Pero el Señor desde el cielo interroga con los párpados, y dice: -¿Cómo dicen: Lo conocernos, éste es José el Artesano? Yo no le he dado oficio, sino cruz.

19 - La dignidad de pobre, pues, que san José recibe al ser hecho obrero es algo real, efectivo, positivo. No es una privación, y tan no es una privación, que, por esta dignidad de pobre el Hijo de David crece, es decir, llega a ser realmente José, y el Artesano es tomado por Dios, es decir, llega a ser realmente Nazareno.

20 - Quede, pues, declarado este misterio de los cuarenta años.

Cuarenta es número de penitencia y a la justicia o santidad no se llega sino por ella.

Aquel niño circuncidado y a quien no en vano se le pone el nombre de José, ved ahí que crece, que adelanta en edad, y no llega a la perfección sino por haber aceptado en lo más íntimo de su alma, aquel terrible Quitó Dios de su nombre y aquel desconcertante Añádame el Señor de su aumento.

          Este José crece cuarenta años y llega a estatura perfecta por aceptación íntegra, crucificante, de su nombre de Hijo de David, al cual no renuncia (no puede renunciar) y de su sobrenombre de Artesano cuyo misterio respeta. Y el término de todo esto es su justicia, es decir, su santidad, el término de todo esto es Nazareth, es decir, una vida de soledad y oración una participación tan grande del desprecio y vituperio de Cristo, que Dios lo oculta a los hombres y lo toma para sí.

Veamos ahora el día que sigue a este apartamiento, y que pondrá en claro la luz de su justicia.

UN DIA

1 - San José, varón justo llega a la perfección de la justicia. ¿En qué consiste la perfección de la justicia?

Si alguno de nosotros desea ser perfecto ¿qué hace? Tenemos una respuesta a la vista. ¿Qué han hecho las hermanitas de los Pobres para entrar en la perfección que profesan? Han dejado casa y familia y se han consagrado a Dios y a aquellos a quienes Dios ama, que son los pobres, todo ello mediante esos votos que sabemos de pobreza, obediencia y castidad.

2 - Pues bien, en tiempo de san José la perfección (a lo menos exteriormente) pedía otra cosa. El israelita para ser perfecto y salvo alguna rarísima inspiración de Dios,  lo que debía de hacer era casarse.

          En aquella dispensación de la Antigua Ley lo perfecto era el matrimonio, y el matrimonio tenía en sí mismo esa perfección espiritual, por una razón muy simple: porque de los hijos de Israel debía de nacer el Mesías.

          En el pueblo de Dios el matrimonio entrañaba nada menos que el advenimiento del Mesías, y así fundar Casa y familia era cumplir un deseo  temporal y espiritual a la vez, un deseo moral y religioso a la vez ...

          El matrimonio tenía algo de teologal. En el deseo de los hijos se deseaba al Hijo, se deseaba a aquel Hijo prometido, hijo de David, hijo de Abraham, nacido de nosotros, pero cuya generación era tan alta que nadie podía intentar narrarla, pues el mismo Dios altísimo en los cielos le decía:  -Tú eres mi hijo, hoy te engendro.

3 - Para nosotros, hoy, el matrimonio es una cosa buena; para los judíos, entonces, el matrimonio era una cosa perfecta, santa, ¡y cuánto más en el caso de un hombre como san José que por su casa y familia era Hijo de David, y por la limpieza de su alma Dios mismo nos dice que era justo!

          El matrimonio fue  para él algo enteramente sagrado. Digamos, pues, que sus Desposorios con la Santísima Virgen fueron el día de su vida, la mañana gozosa y luminosa de su perfección.

4 - Ahora bien, dentro de esa perfección de alma con que llega san José al matrimonio, ¿qué trae para fundar la Casa? Trae lo que tiene: Hijo de David, trae su nombre;

Artesano, su pobreza, y estas dos cosas, su nombre y su pobreza, no se oponen sino que la una con la otra se perfeccionan.

5 - Es muy importante ver que san José trae a los desposorios un nombre. No es un nombre que él haya conquistado o hecho célebre o ilustre, sino un nombre que él ha recibido y guardado.

          Notadlo bien: san José se casa con la Virgen porque san José es Hijo de David, y, de no haber sido Hijo de David no lo hubiera destinado Dios a este matrimonio ni a esta esposa.

El título, el derecho (diría) de san José para recibir la mano de la Virgen es su nombre. Y no sólo su nombre sino la línea de su nombre, su genealogía.

6 - El santo Evangelio (que no tiene palabras de más) nos refiere la genealogía de san José desde Abraham, y así nos dice: Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob y Jacob engendró a Judá y sus hermanos. Y sigue enumerando todo los padres hasta David, el Rey, y todo lo reyes hasta San José el esposo de María, de la cual nació Cristo.

          De padres a hijos, pues, desde Abraham hasta san José, el esposo de María, de la cual nació Cristo, siguiendo una línea que entre muchos hermanos a uno elige y a los otros los excluye, aquellos padres van transmitiéndose la sangre y la fe, la conciencia de una alianza positiva con Dios, y las bendiciones que los hacen depositarios de aquel gran misterio que habrá de venir.

7 - San José, pues, en su nombre de Hijo de David, tiene las bendiciones de los padres.

Su nombre no es una mera designación verbal, su nombre es algo más que un apellido, algo más también que un derecho.

          ¿Qué significa para él al tomar esposa, y, cómo lo trae al fundar su casa?

8 - Desde luego vemos que lo trae oculto, ya que viene debajo de su sobrenombre y que a nadie interesa como hijo de David  este hombre sin importancia herrero o carpintero, que todos conocen y a quién todos llaman, diciendo:

-Ah, sí, ése es José el Artesano, el de Nazareth...

9 - Pero no solamente lo trae oculto sino que también lo trae limpio.

Sí, en él, el nombre de los Reyes viene limpio de apetitos, de ambiciones, de pasiones políticas, de cuidados temporales... Y de toda sensualidad, de toda vanagloria.

          Mientras en Israel este nombre es una bandera, un incentivo carnal: una rabia política llena de pasiones y de apetitos de dominación y de venganza, para él, por el apartamiento de su vida y la pureza de su alma, este nombre es una cosa quieta, firme, sosegada. Es una realidad como puede ser para nosotros el bautismo, el Padre nuestro o el Credo. Pues a nosotros, decidme, ¿de qué nos sirve nuestro bautismo? Delante de los hombres y en esta ciudad, de nada (o de estorbo).

          Pero delante de Dios ¡qué abismo de bienes! y en nuestra propia alma ¡qué nobleza, qué luz, qué clase de vida nos da! Y lo mismo era el ser Hijo de David para san José. De nada le servía en el orden (o desorden) político conforme a los intereses y pasiones de aquel momento, pero, delante de Dios, era su elección desde el principio, desde el Padre, desde los padres, era su elección y su entrada en un orden de realidades superiores.

          Pues por este nombre entraba él en el juramento hecho por Dios a David, por este nombre entraba en las promesas de su Casa, por este nombre a él, y no a otros, eran dados los signos y dichas las profecías.

          Y así como nuestros artículos de la fe no son para nosotros proposiciones racionales y circunscriptas sino palabras vivas y eficaces y que contienen la substancia de las cosas que esperamos, así su nombre y las promesas de su Casa  eran para él palabras fieles: algo permanente, consistente, un juramento de Dios:

          ¡Juré a David, y no me arrepentiré! Una palabra de vida en la cual Dios había consignado abismos.

10 - Pero notad lo más extraordinario de todo esto, y es que a esta persuasión no había llegado el santo por estudio de la Escritura a manera de los escribas, ni por especulación de la mente conforme a los maestros de Israel, sino por soledad y apartamiento, y por perfección de pobreza.

          Y así podemos decir que su despojo, es decir, el haber sido hecho artesano, el haber sido hecho obrero, era lo que lo había llevado a esta dignidad de ser Hijo de David no solamente por la sangre sino también en espíritu y en verdad.

El ser obrero no implica necesariamente ser un pobre ni significa tampoco una perfección espiritual. Pero es indudable que en el obrero Dios ha puesto una invitación a la pobreza y una ocasión próxima de ser pobre y despreciado, y, habiendo aceptado san José su despojo, habiéndolo aceptado él que podía sin ambición ninguna y acaso con algún fundamento moral salir a perder su vida en un lance político yendo a disputarle a Herodes el gobierno levantando al pueblo contra la dominación inicua, ciertamente, de los Romanos, habiendo aceptado, digo, el quitó Dios como un llamamiento a la pobreza espiritual, y habiendo entrado en esa pobreza por su condición de obrero, en esa condición había hallado su crecimiento;

es decir: la purificación de su alma, el trato viviente (y no ilusorio) con Dios, y el sentido verdaderamente desnudo y divino, (el sentido evangélico) de su nombre de Hijo de David.

Y por eso he dicho que su nombre y su pobreza no eran cosas contrarias. Porque su pobreza era como la lima con que Dios había limpiado de adherencias impuras aquel nombre de Hijo de David; aquel nombre que los reyes, hijos de David, habían profanado.

Y si ese nombre contenía algo si ese nombre era como la semilla de las promesas divinas, convenía que alguno lo llevara con entera purificación de los apetitos bajos, y que ese nombre fuera en lo vivo de su alma (como lo es en la nuestra una verdad de fe), un principio de vida, un objeto de contemplación, un símbolo o sacramento de algo firmísimo: una manera de velar delante de Dios y algo así como un apoyo para esperar esperando aquellos bienes que no pasan y que no son de este mundo.

11 - Mirad, pues, qué claridad tiene este día de los Desposorios. Dentro de la justicia o santidad de su alma san José trae al matrimonio su nombre y su pobreza, o, mejor,

su nombre ensayado en su pobreza.

Y como la pobreza es siempre lo más visible, los ojos de la cara, esos ojos que tenemos para equivocarnos siempre, y no ver, en los Desposorios del santo no ven sino el matrimonio de un obrero con una joven, es decir, una cosa en la cual no hay nada que ver.

          Y por cierto que en esto no hay nada brillante, nada emocionante... Pero si consideramos, ved ahí que el artesano es un Hijo de David y la joven una virgen de Nazareth: y esto ya es algo, esto hace pensar.

Y, si alzamos los ojos, es decir, si somos capaces de contemplación espiritual, ved ahí que en esa entera sencillez en que se mueve la Iglesia, san José y la Virgen aparecen como la expresión más pura de un altísimo misterio,  pues sus desposorios son los Desposorios místicos, es, decir, los desposorios del Justo con la Sabiduría.

          San José es el justo, el varón perfecto que tiene en sí la justicia, y a quien (según la palabra admirable de la Sagrada Escritura) la Sabiduría le sale al encuentro y lo recibe  como una esposa virgen.

UNA NOCHE

1 - Ahora bien, después de los Desposorios, el ángel del Señor anunció a María y la virgen concibió por obra del Espíritu Santo.

          Cuanto hemos venido admitiendo en san José creo que nos pone en condiciones de recibir con sencillez este evangelio.  San Mateo para referirnos la Encarnación comienza con el "Libro de la generación de Jesu-Cristo, hijo de David, hijo de Abraham", y dice: Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob, y Jacob engendró a Judá y sus hermanos – Y  así sigue relatando las generaciones de los patriarcas y los reyes, hasta llegar a san José: "el esposo de María, de la cual nació Cristo". Luego, él mismo resume todo este libro de la genealogía de Cristo, diciendo:

          “Así que todas las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones: y desde David hasta la Transmigración de Babilonia, catorce generaciones: y desde la Transmigración de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones”.

          Y después de este resumen dice: "Y la generación de Cristo fue así: Que estando María desposada con José, su esposo, y antes de ellos juntarse, se halló, fue  manifiesto, que María había concebido por obra del Espíritu Santo".

2 - En oposición, pues, a todas aquellas generaciones en las cuales los padres engendran a sus hijos conforme al orden natural, la generación de Cristo fue  sobrenatural, fue extraordinaria, milagrosa; fue obra del Espíritu Santo y no hubo en ella concurso de varón.

3 - Ahora bien, cuando esto se produjo,  el misterio obrado en la Virgen fue manifiesto a san José. No le fue  manifiesto solamente que la Virgen había concebido: le fue  manifiesto, como dice el Evangelio, que había concebido por obra del Espíritu Santo.

          Comprendió el justo que se cumplía en su esposa aquel signo de lo alto del cielo, aquella señal tan extraordinaria que había sido anunciada como con amenazas a su Casa: -Oíd, pues, Casa de David, (casa rebelde, incrédula, molesta) oíd que el mismo Dios

os da una señal: y la señal es ésta: concebirá una virgen.

4 - Concebirá una virgen, una virgen llevará fruto en el vientre. San José, que era Hijo de David, es decir, que tenía inteligencia de estas cosas, y que era justo, es decir, que tenía un sentido seguro de los misterios de Dios, quedó delante de este hecho tan extraordinario como estaba Moisés delante de la zarza ardiendo: maravillado de admiración y sobrecogido de terror.

5 - ¿Que debía hacer? Y ¿quién era él? Mirábase a sí mismo, y, reputándose indigno de estar junto a su esposa se determinó a dejarla.

          Pero considerando, por otra parte, las circunstancias de aquel misterio y para que un hecho tan santo no fuera conocido, a fin de salvar en todo el honor de la Virgen se determinó a dejarla secretamente.

          San José quería separarse porque la misma Encarnación del Verbo en cierto modo separado a la Virgen de todas las criaturas de este mundo.

          La Madre de Dios estaba en Dios de una manera inefable, y el santo no sabía qué podía hacer él, indigno, delante de aquel caso que excedía a todas las cosas creadas

Y aun a todas las manifestaciones divinas.

6 - Y estando él así en estos pensamientos de admiración del misterio, de confusión de sí, y de temor: y padeciendo en su alma una lucha terrible  porque el temor de Dios

le obligaba a retirarse, pero el amor de la esposa, y su deseo de Dios (su deseo davídico de aquel inmenso misterio que veía finalmente realizado en su Casa) hacían de esta determinación de dejarla, una agonía, he ahí que Dios envía su ángel (ese ángel que Dios envía siempre a los que le temen), y el ángel del Señor, el ángel de Yaveh, se le apareció en sueños, diciéndole: -José Hijo de David, no temas recibir a María tu esposa porque lo en ella engendrado es del Espíritu Santo. Recíbela, he ahí que ella parirá un hijo y tú llamarás el nombre de él.

7 - Así, pues, el ángel se dirige al temor que sobrecoge al santo delante del misterio, y a la confusión que siente de sí mismo, y a su determinación de apartarse de la esposa, y, confirmándole el inventa est, la persuasión que ya tiene de Dios de la concepción virginal, le dice lo que habrá de hacer él, Hijo de David, esposo de la Virgen, en lo que Dios acaba de realizar.

          Es cierto, se han cumplido las escrituras: la virgen ha concebido, la virgen lleva fruto en el vientre, pero no quieras tú separarte de ella ni temas recibirla porque es por obra del Espíritu Santo lo en ella engendrado: en este misterio mira cuál ha de ser tu ministerio: la virgen dará a luz un hijo y tú llamarás el nombre de él.

8 - Recibir a la Virgen y dar nombre al Niño: tal es el ministerio de san José en el misterio de la Encarnación. No disuelve el Señor el vínculo que une al Hijo de David con la Virgen Madre de Dios, antes, lo confirma, y, por esta confirmación le da entrada legítima y sacramental en el misterio.

          Y lo toma para sí, y le ordena lo que ha de hacer: Dará nombre al Niño, es decir, hará con él veces de padre, pues la primera función y acto de autoridad de un padre después de engendrar un hijo, es darle nombre.

Y si este caso único, extraordinario, ha eximido al santo de la comunicación carnal, ved ahí que todos los otros oficios que tienen los padres con sus hijos en el orden natural, civil o religioso, le están determinadamente mandados.

9 - Tenemos ahora a san José constituido en cabeza de familia. Ya no es el Hijo de David - Artesano, ni el Apartado a quien Dios mismo llama justo: ahora es Patriarca, ahora es el glorioso Patriarca san José, el elegido a quien Dios introduce en la nube, el fiel y prudente a quien Dios comunica su consejo. 

          Un ángel lo ha ordenado para sus oficios de padre. Y ¡qué oficios! San José impone al Niño el nombre sobre todo nombre, el nombre de Jesús. Esto quiere decir que fue él quien circuncidó y nombró a nuestro Salvador. Él también es quien le transmite los derechos mesiánicos, y así, por san José Nuestro Señor recibe su genealogía humana y es legal y legítimamente llamado: Jesús Hijo de David.

          Él también lo presenta en el Templo pagando por el primogénito las cinco monedas y en verdad que san José rescató aquel día de mano de los sacerdotes, la víctima que Judas había de venderles más tarde.

Y él es quien lo lleva a Jerusalem cuando cumple la edad de doce años, para celebrar allí con aquel hijo, y con la esposa, la Pascua de la liberación de Egipto.

          En fin, que san José cumplió todos los actos de amor y autoridad que  corresponden a un padre, y todos los ritos que en ese carácter de padre  le estaban mandados por la Ley. Y su gloria es tan grande por ese gobierno que tuvo en las acciones exteriores del Hijo de Dios, que ella ha pasado a nosotros y constituye en nuestros días el misterio manifiesto de su Patrocinio sobre la Iglesia Universal.

10 - He dicho, pues, lo que entiendo por el día y la noche en la vida de san José. El día es ese momento en que al tomar esposa queda manifiesta la luz de su justicia, pues, dice la Escritura: Casa y riquezas las dan los padres: pero, esposa, el Señor solamente.

          Y si tal es la esposa ¿cómo no ver la justicia del santo? ¿Cómo no ver su rostro iluminado si el Señor Dios nos lo muestra no sólo radioso y en sí mismo sino también en esa claridad de la Virgen que es espejo de justicia? Pero la justicia que resplandece en el día es probada en las tinieblas de la noche.

          Y así, la prueba de su justicia, la prueba de su humildad, de su limpieza de corazón, de su temor y reverencia, de su fe y su fidelidad, la tenemos en esa lucha de su alma cuando por confusión de sí mismo se determinó a dejar a la Madre de Dios, y sólo por obediencia al ángel entró en aquel misterio que Dios daba a su Casa.

11 - Y, naturalmente, que los sentimientos de san José en este caso están tan extraordinariamente lejos de todo cuanto nosotros estamos habituados a pensar y sentir en nuestra vida, aun en los momentos de mayor lucidez y humildad de nuestra vida, que, la luz de este día y las angustias de su noche nos parecen, no algo intenso y grande sino como cosas de nonada, y poco menos que incomprensibles: porque en fin, en fin, ¿qué sabemos nosotros de lo que es realmente el temor de Dios y el amor puro y desnudo de Dios y la proximidad terrible y gloriosa de sus misterios?

          Y así, difícil nos resulta leer con sencillez el relato que hace de estas cosas el sagrado Evangelio, y en esas palabras perfectamente limpias que tal como suenan parece que podrían ser leídas por lo menos literalmente, ponemos (y muchos han puesto)  yo no sé qué drama complicado de tentación y sospechas, como si el santo hubiera dudado de la pureza de la Virgen y hubiera triunfado luego de esa duda, o como si sólo hubiera conocido el misterio de la Encarnación por la revelación del ángel en sueños, (siendo así que el ángel no le revela nada, y, solamente sobre lo que ya ha entendido, le quita el temor y le dice lo que ha de hacer).

          En esa lectura del Evangelio, en esa lectura triste y complicada (y en las traducciones del sagrado texto que la suponen) se razona con un grosero olvido de las dos condiciones esenciales del alma de san José, es decir, de lo que significa para él como expectación espiritual el ser Hijo de David, y de lo que es posible y no posible en un caso de completa limpieza de alma que es lo propio del varón justo.

          Creedme, todo eso es absurdo. Si san José era Hijo de David y si san José era justo, (y esto Dios mismo nos lo dice) como Hijo de David esperaba misterios, y como justo su tentación no podía ser una tentación de hombre no purificado.

          No hubo tentación en san José: hubo agonía, hubo una lucha de su alma, hubo dolor. O si se quiere, fue  tentado el Patriarca pero como fue  tentado Abraham nuestro padre, es decir, en la fe y la obediencia y la absoluta negación de sí. Y su determinación de dejar a la Virgen  es lo que rigurosamente podía esperarse de la santidad de su alma, pues es un acto de anonadamiento, un acto espiritual, un movimiento comparable a aquél del grito de san Pedro cuando dice al Señor: -¡Apártate de mí, Señor, que soy pecador!

12 - Y así, pues, si es relativamente fácil indicar aquellos misterios de los 40 años: es decir, el despojo y desnudez del santo y las gracias de la Pasión de Cristo con que luego lo reviste el Señor, difícil resulta comprender la luz tan clara de este día y las apretadas tinieblas y dolor de su noche, y, dificilísimo, dar alguna idea de lo que sigue a esto: es decir, de su ministerio con el Hijo de Dios, de la conversación y trato de su vida como Patriarca que lleva de la mano al Niño: de eso que me he atrevido a llamar los tres viajes.

Y TRES VIAJES

1 - Diré lo que pueda aunque confieso que no entiende estos viajes sino quien acompaña en ellos al santo, y que lo difícil de su declaración no está en su itinerario, ni en los puntos de partida y llegada (que de eso la fe ya nos ha instruido a todos) sino en el camino por donde es preciso ir.

          Pues el primer viaje es de completa humillación y anonadamiento. Y corresponde a la vía purgativa.

          Y el segundo viaje es una gran prueba (la prueba del desierto y la noche),

y corresponde a la vía iluminativa.

          Y en el tercero está la virtud de Dios en el aniquilamiento completo de la criatura,  según son dadas estas cosas en la vía unitiva.

El primer viaje es de Nazareth a Bethleem; el segundo, lo que llamamos la huida a Egipto; y el tercero cuando el santo sube a Jerusalem para sacrificar la Pascua.

En los tres camina san José como cabeza de familia: quiero decir que no son viajes del Hijo de David o del justo solamente, sino viajes (o gracias, o crecimientos) manifestaciones sobre todo, del Patriarca.

Y en los tres viajes va por obediencia (naturalmente),  pero hay en ellos como una cierta progresión. Y así en el primero, obedece a los hombres y va con todos; y en el segundo, obedece al ángel del Señor y sale de noche; y en el tercero, obedece a Dios y sube a Jerusalem.

          Y estos viajes son dolorosos y gozosos a la vez y con diferentes peligros, y así el primero es con peligro de honra; y el segundo con peligro de muerte; y el tercero

con peligro de perder su alma.

          Y, como ocurre comúnmente en los misterios de Dios, probado el santo en su honra, Dios le restituye la herencia, y probado en la muerte Dios lo establece en tierra de Israel (que es tierra de visión), y probado tres días en la separación de su alma, el Señor desciende con él y le da nueva vida.

2 - He aquí el primer viaje. En aquellos días emanó del César un decreto para que todo el orbe fuese empadronado. Y se encaminaban todos a empadronarse, cada uno a su propia ciudad. Y así subió también José, de Galilea, desde la ciudad de Nazareth, a la Judea, a la ciudad de David, que se llama Bethleem, por ser él de la Casa y línea paterna de David.

          Va, pues, para obedecer al César y sale con todos a cumplir esta obediencia,

 y le obliga a este viaje su nombre, su nombre de Hijo de David que es la verdad primera de su vida y lo que determina siempre todo en los actos de san José.

          Y va a la ciudad de David, con María, su esposa, pero el motivo del viaje no puede ser más humillante, pues, aunque va por razón de su nombre, va a hacer un acto que es en cierto modo como la renuncia y negación de su nombre, pues va a ser empadronado y capitado, es decir, numerado y contado como esclavo para que el César cobre luego un impuesto sobre su cabeza y su Casa.

          Y va con todos, pero, allí, en Bethleem, en la ciudad de David, su padre, ya no está con todos sino solo, pues no hay lugar para él en la posada. Porque por más Hijo de David que sea san José, san José era un pobre) y, cuando un hombre es realmente pobre no se ha oído nunca que haya encontrado lugar en ningún lado. Ni en su pueblo, ni en su patria y ni en su propia casa.

3 - Llega, pues, a Bethleem y, como Dios es fiel en sus promesas, ved ahí que en la ciudad de David restituye el Señor al príncipe la herencia, y el nacimiento de Cristo

y todos aquellos misterios admirables de la Noche Buena, vienen a poner en los brazos del Patriarca gloria et divitiae, es decir, toda la riqueza y todo el bien que es posible tener en este mundo.

4- Pero notad que el término de este viaje, sobre la paz del cielo y el himno de los ángeles y el gozo de los pobres, no está en Bethleem mismo sino en Jerusalem.

          Y es cuando los padres llevan al Niño al Templo para presentarlo al Señor, y quedan allí admirados, pues, con entera prescindencia de aquel rito que ellos iban a cumplir, el anciano Simeón y Ana, profetizan, y teniendo en sus brazos al Niño revelan públicamente los misterios que ya llegan de nuestra redención.

5 - De Nazareth a Bethleem por obediencia: y de Bethleem al Templo por perfección de obediencia sin duda que este es el viaje real del Patriarca, pues lo emprende por razón de su nombre real, y va a la ciudad de David, el rey, y allí recibe al Rey de Dios prometido, al Hijo de David, Rey de los cielos.

          Mas para san José todo esto es como el coronamiento de su perfecta obediencia y de su completa humillación, pues no tenía otra cosa san José en este mundo que ese nombre suyo de Hijo de David, y el censo es el acto que viene como a privarlo de lo único que tenía, poniéndolo al nivel de todos, y más bajo que todos - entre los esclavos, con este agravio, además, que no solamente el mandato del César lo reduce a nada, sino que aun los suyos parece como que lo arrojan, pues para él no hay lugar y tiene que ir a arrinconarse en un refugio de animales.

          Y en esa completa humillación y entero desprecio de la vía purgativa, es cuando, sometido a todos y despreciado por todos, san José recibe a Cristo, nuestra herencia: y en compañía de unos pobres animales (de un asno y de un buey), oye el himno de los ángeles, adora al Cristo de Dios, ve las milicias del cielo y lo saludan los pobres.

          Este es, pues, el fin de la vía purgativa: la paz, la paz que es abundancia de todo bien, la paz que es restitución de la herencia, la paz que es Cristo que nace.

6 - El segundo viaje tiene por fin salvar la vida de Cristo nacido. Aquí el santo obedece al ángel del Señor y se levanta de noche, y toma al Niño y a su Madre, y se retira a Egipto.

Este Viaje está lleno de misterios porque la venida de Cristo cumple figuras y profecías que estaban esperándole, y que a su vez prefiguran misterios interiores propios del alma que adelanta en la vida espiritual y se levanta de noche, y entra en el desierto, y se retira a Egipto (que quiere decir: tinieblas).

7 - Nos dice el Evangelio que luego que los Magos se partieron, un ángel del Señor se le apareció a José,  en sueños, diciéndole: -Levántate, toma al Niño y a su Madre,

y huye a Egipto: y estate allí hasta que yo te lo diga: porque Herodes ha de buscar al Niño para acabar con él.

          Él, levantándose, tomó al Niño y a su Madre, de noche, y se retiró a Egipto: y estaba allí hasta el fallecimiento de Herodes. Pues este Herodes (cuyo nombre se interpreta jactancioso y piloso) obra en figura del hombre bestial y soberbio, y busca la vida del Niño destruyendo toda vida de Dios que haya podido nacer en las almas.

          Y sólo por esa permanencia en las tinieblas de la negación de sí, en ese lugar del cautiverio y de la inmolación de la primera pascua, puede salvarse la vida de Cristo y volver el alma de nuevo a la tierra prometida, cuando, fenecido Herodes, el ángel del Señor se aparece al Patriarca en Egipto y le dice: -Levántate, toma al Niño y a su Madre y encamínate a tierra de Israel: porque han muerto los que buscaban la vida del Niño.

          Así, pues, se salva en el alma la vida de Cristo nacido: haciendo con san José la peregrinación de Jacob y el éxodo de Israel de Egipto, y padeciendo esos misterios del desierto, y la noche, y las tinieblas, hasta que el ángel ordena volver a: tierra de Israel, es decir, a la tierra de la visión, pues Israel quiere decir: el que ve a Dios.

8 - Mas, el término de este viaje no es solamente volver a la Judea, pues, advertido José  por revelación en sueños, no fue  a la Judea sino que se retiró a las partes de Galilea.

          Judea quiere decir, confesión, y significa la fe obscura.

Galilea se interpreta, revelación, y ved ahí que en esta vía la noche se ilumina para el contemplativo y la fe, sin dejar de ser obscura, se llena de inteligencia.

          ¡Admirable camino, admirables misterios! Va el alma de noche y con peligro de muerte porque buscan la vida del Niño nacido. Va por el desierto y tiene que detenerse en Egipto, donde José guarda el pan y donde por primera vez el pueblo de Israel inmola el Cordero.

          Y cuando vuelve de este viaje con que Dios prueba su fe y su fidelidad, se establece en las partes de Galilea, es decir, en la revelación, y se avecina en Nazareth - pues la contemplación perfecta hace florecer el alma y produce, por sí misma, una admirable soledad y apartamiento.

          Bien puede, pues, este segundo viaje del Patriarca llamarse el viaje profético, ya que en él se cumplen aquellas figuras de la vida espiritual que los antiguos Patriarcas al descender a Egipto y luego el éxodo de Israel de Egipto con sus cuarenta y dos mansiones en el desierto, anunciaron.

9 - Y ahora, notemos el tercer víaje. El primero da el señorío; el segundo, la visión.

          ¿Puede haber algo más para el hombre que tener a Cristo nacido y ser el mismo Israel, es decir, el hombre que ve a Dios, el hombre príncipe con Dios?

          Hay algo más, porque el Hijo se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios, y así, el término del señorío y la iluminación no es dejar al hombre en sí mismo

 sino hacerlo uno con Dios y Dios por participación.

         

          El Patriarca sube ahora de Nazareth a Jerusalem para celebrar la Pascua. Va con María, su esposa, y con el Niño, pero el Niño ya no es recién nacido. Ha crecido en edad, y en sabiduría, y en gracia, y ha llegado a ser de doce años. Llegan, pues, a

Jerusalem, y asisten al Templo, y comen del sacrificio del Cordero.

          Pero como José es justo y María la justicia misma, aquel rito de la Pascua no queda en ellos vacío. Dios le da algo así como la virtud y gracia de ese rito pues, al volverse ellos de Jerusalem, encuentran que han perdido al Niño Jesús.

10 - Esta pérdida del Niño es para san José y la Virgen como la realidad de aquel rito de la Pascua que acaban de inmolar.

          En la privación y desamparo de Dios ellos pueden decir, buscando al Niño, como decimos nosotros los cristianos, cada año: -Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

          Le buscaron camino de un día y al cabo de tres días lo hallaron. Pero en esa pasión de un día y en esa muerte de tres, san José y la Virgen padecieron un dolor

 no humano solamente, sino dado por Dios, es decir, un pregusto del misterio de la Cruz.

          Y por eso este viaje es el viaje sacerdotal. Porque aquí san José sacrifica el Cordero, y él y la Virgen y el Niño comen de este Sacrificio, y de una manera altísima y enteramente espiritual  participando ellos de la inmolación figurativa con la pérdida del Niño ellos mismos vienen a ser como inmolados.

          Y así el camino de este viaje es un camino sin camino. De nada sirve aquí correr, ni querer; el que busca no sabe a dónde va. Va, pero a todas partes o a ninguna: este camino es un punto, un ir sin ir hasta que Dios hace misericordia y por su misma ausencia y pérdida la criatura es reformada y deificada.

11 - Anduvieron camino de un día, nos dice el Evangelio, y, no habiéndolo hallado, se se volvieron a Jerusalém buscándole.

          Y sucedió al cabo de tres días que lo hallaron en el Templo, sentado, en medio de los doctores.  Es ésta la primera vez que el Evangelio nos muestra a Cristo sentado, es decir, en actitud de enseñar. ¿Qué irá a decir?

          La Virgen le dice: -Hijo, ¿por qué has hecho así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo angustiados te buscábamos ...

          Y el Niño: -¿Qué razón había para que me buscaseis?

          Y respondiendo directamente a ese tu padre de las palabras de la Virgen, le dice: -¿No sabíais que en las cosas de mi Padre a mí me corresponde estar?

          Enorme revelación. Esta es la primera· palabra de Cristo, su primera enseñanza: la revelación del Padre. Es la primera - y la última, y la única.

          Y todo el evangelio no será sino eso: dar a conocer al Padre. Y toda la pasión no será sino eso: obedecer al Padre, enseñar a ir al Padre. Y cuando expire en la cruz, dirá: -Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, y consumará así, con esa última palabra de su sacrificio, esta primera palabra suya de niño de doce años.

          Jesús está en el Padre. Su respuesta a la Virgen destruye todo el sentido humano de ese nombre de padre dado a san José, y este misterio es como la primera llamarada que revela la vida íntima de Dios.

          Dice el Evangelio que ellos no entendieron la palabra: pues en la vía unitiva no se trata de entender  sino de recibir y guardar. Y dice luego que el Niño descendió con ellos,  y vino a Nazareth, y les estaba sujeto.

          ¡Admirable unión con Dios! Dios está sujeto a la criatura. El cuchillo sacerdotal, el cuchillo del sacrificador de tal manera ha inmolado la voluntad caída,

que ya no hay dos voluntades, sino una, la de Dios, y así, es lo mismo decir que Dios está sujeto al hombre o que el hombre está sujeto a Dios.

          Revelado el Padre, mi alimento es Cristo y yo soy alimento de Cristo: Yo en Cristo y Cristo en mí: como Cristo en el Padre y el Padre en Cristo.

          La perfección del amor excede al entendimiento. La palabra puede no ser entendida con tal que sea guardada: con tal que sea guardada por María, y guardada en el corazón. Descendió, pues, con ellos, y vino a Nazareth.

¿Qué hará ahora san José en Nazareth? Lo que ha hecho siempre. Callar, obedecer, buscar el pan de cada día. La vida de san José es toda ella, exteriormente,  una vida común.

Dios reveló a su Hijo a san Juan Bautista  para que lo señalara con el dedo, y a san Pablo para que lo predicara a todas las naciones. Esos santos fueron enviados, tuvieron una misión, la vida de ellos fue una vida pública.

          Pero a san José Dios le reveló su Hijo para que lo ocultara y guardara.  Aquellos santos predican, éste calla: aquéllos luchan, éste crece.

          San José crece siempre...

12 - [Qué gran santo! Por fuera, en la obediencia de las ocupaciones diarias su vida es idéntica a la nuestra. Pero por dentro, en su alma, su vida es un abismo, es un inmenso océano.

          Si un hombre quisiera recoger el mar y llevarlo en el hueco de sus manos, ¿no sería ciertamente un necio? Pero si un hombre recoge uno de esos caracoles que algunas tormentas suelen arrojar a la playa, ¿no tiene consigo algo del mar, y no puede oír, aplicándolo al oído, algo así como el rumor de las olas?

          Ciertamente: La vida de san José es la vida de san José. Lo que fue  esa vida en sí misma, yo no lo sé, creo que nadie puede saberlo, espero que lo sabremos todos en la visión de Dios. Pero, de lo que yo sé, es decir, de lo que enseña la Iglesia, de lo que de ella recibo y puedo yo llevar, ved ahí que he querido hacer esta tarde algo así como el caracol marino, y, con ese esquema o artificio de los 40 años, y el día, y la noche, y los tres viajes, he intentado algo como una espiral, algo que por su  disposición misma va siempre como desenvolviéndose, y que, puesto en el oído, nos da las voces de un mar - inmenso, que no vemos, que solamente lo percibe el oído, que lo creemos lejos y está muy cerca de nosotros.

          Prope est. Está cerca.

4 - EL QUE CRECE

PRÓLOGO

 de Rodolfo Martínez Espinosa[15]

UN LIBRO

Propio de la figura de San José ha sido el casi universal desconocimiento de que estuvo rodeado durante muchos siglos. Materialmente ello se justificaría por la reserva de los Evangelios a su respecto; reserva de textos por cierto, que no de sentido. Leclercq anota que “en tanto san Juan Bautista y los Príncipes de los Apóstoles eran magnífica y universalmente celebrados, san José atraía apenas la atención de las muchedumbres cristianas”. Situación que subsiste hasta el siglo IX, aproximadamente, en que hay mención de un culto celebrado por la iglesia griega.

          Con san Jerónimo, empero, los Padres comienzan a definir los atributos del Patriarca fundados en la dignidad eminente de su misión cerca de Nuestro Señor. Les retiene en particular el dictado de JUSTO. Así el Crisóstomo: “Justum hic, in omni virtute dicit esse perfectum”. Pero el desarrollo expreso de las condiciones de la justificación de san José parece reservado a los doctores medievales, singularmente a san Bernardo.

          En virtud de la regla de adecuación de las gracias o carismas al estado en que la Providencia coloca a una criatura, disciernen aquéllos el excelso grado de santidad conferido al que “padre nutricio de N. S. Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, fue designado por el Eterno Padre, fiel custodio de sus mayores tesoros, a saber, su Hijo y su Esposa”.

          No obstante, la preeminencia litúrgica concedida por la Iglesia a san Juan Bautista, san Bernardo afirma ya que, después de la Virgen Madre, la santa Iglesia debe a san José singular gratitud y reverencia, pues él es “la clave del Antiguo Testamento en quien la dignidad patriarcal y profética obtuvo el prometido fruto, pues fue el único que poseyó corporalmente a aquél que la divina dignación prometió a los santos de la Ley Antigua”. Del “voracísimo” matrimonio de José con María deduce san Bernardino de Siena  que el Espíritu Santo dotó a aquél de virtudes muy semejantes a las de su Esposa; y el abad de Claraval le ve participando en la ciencia de los más secretos designios del  Señor a causa de su familiaridad celestial con el mismo Verbo Encarnado.

          Así, progresivamente, va revelándose a la Iglesia esa figura del invisible Padre. Con todo, la declaración del Patrocinio aparece desproporcionada a la tradición y sólo se la comprende como dictada por una noción profética. Es que, al mediar el siglo  XIX la Iglesia gusta el sabor de amarguras hasta entonces nunca conocidas. El triunfo de la Bestia vislúmbrase inminente. Las almas se preguntan si el sacrificio de la Cruz no ha sido hecho vano por el exceso de la desobediencia. Entonces el Espíritu inspira a la Iglesia el Patrocinio de san José sobre la Iglesia Universal.

          Este misterio lo celebra la Iglesia en la solemnidad de san José, cuyos oficio y misa proclaman el Patrocinio y permiten recibir como verdad común para estos tiempos lo que antes  pudo  no ser sino un vislumbre profético o la certeza íntima de la oración de algún  santo sobre la misión reservada a san José. Se comprende, pues, la tentación vertiginosa que puede tener para un cristiano de ahora el deseo de recoger en pensamiento distinto y formular con razones (así sean tan ingenuas como el  balbuceo de un niño) lo que la Esposa dice de san José al Esposo en el esplendor callado  de la divina liturgia.

          Las grandes líneas del misterio se ofrecen bajo los símbolos de la Historia de José. Leer en esos símbolos la exaltación de san José sobre un Egipto no menor que el mundo; el hambre de la Iglesia oprimida por la apostasía universal de las naciones, y tantos otros misterios que sobre la autoridad de la oración de  la Iglesia pueden ser declarados de san José, es hallar la materia de un libro sublime. ¿Qué hubieran hecho Hello, con aquella intuición que tuvo de la santidad singularísima de san José, o Bloy con su sentido tan hondo de la reprobación del  mundo moderno, si una inspiración los hubiera puesto frente al Patrocinio de San José? Tenemos como un presentimiento del libro que nos hubieran dado. Ahora bien, un libro así, un libro como para regocijar a León Bloy, un libro que enfrenta la misteriosa, la tardía, la terriblemente crepuscular misión de san  José, ha sido escrito. Ha sido escrito entre nosotros, por uno de nosotros. Lo ha escrito Dimas Antuña y el libro se llama “EL QUE CRECE”.

Rodolfo Martínez Espinosa

EL  QUE  CRECE

                                                                                                                            Filius  accrescens  Ioseph[16]

                                                                                                                                       

Argumento.” El que crece” es una meditación acerca del misterio del patrocinio de San José sobre la Iglesia universal[17]. Tiene cinco capítulos. El primero trata de los sueños del Faraón refiriéndolos a la Iglesia. El segundo, de la voz y el silencio con relación al Verbo. El tercero, del heraldo y el mayordomo[18]. Este proceso termina con el patrocinio actual del Patriarca, es decir, con la exaltación de José como misterio de San José (capítulo cuarto), y luego de anunciar el reconocimiento, muestra (capítulo quinto), en los sueños de José, la gloria de San José en Cristo y en la Iglesia.

DURANTE el Oficio, en la Solemnidad de San José, un pobre halló en su corazón estos pensamientos de hambre[19]:

          Venite exsultemus Domino! -¡Venid aclamemos al Señor! [Salmo 94, 1]

Porque Israel amaba a José sobre todos sus hijos por haberlo engendrado en la vejez; porque el Padre sobre todos los Patriarcas ama al último de la Antigua Alianza, hijo de su vejez.

          Jubilemus Deo salutari nostro, demos vítores a Dios nuestro salvador, que guardó esto en silencio; jubilemus ei, vitoriémoslo, por esta gloria que su Dedo nos muestra en la exaltación del antiguo José. Venite, adoremus! ¡Venid, adorémoslo!

          Et procidamus ante Deum, y prosternémonos ante Dios, que declara en figuras cosas nuevas, y lloremos! Porque no puede ser elevado José si no es en Egipto, ni puede haber Egipto que no sea angustia!

          Ploremus coram Domino, lloremos en la presencia del Señor, lloremos el precio enorme de esta gloria…

1 - Los sueños del Faraón referidos a la Iglesia

PORQUE vio Faraón este sueño:

Me parecía la ribera del río y que del río subían siete vacas gruesas, de hermosa vista; que despuntaban la hierba. Y subían también del río otras siete vacas, pero feas (nunca vi peores en todo Egipto), las cuales, habiendo devorado a las primeras, quedaron tan escuálidas como antes.

Y me desperté. [20]

          Del tiempo suben las naciones que formaron la Cristiandad, lucias, de hermosa vista; y suben después de ellas las vacas áridas que no comen pasto[21], y destrozan a la  Cristiandad.

          Pero oprimido otra vez del sueño, vi este sueño:

Siete espigas brotaban de una misma caña, llenas y hermosas; otras siete, vacías  y quemadas del solano, nacían después de aquéllas. Y las espigas vacías tragaron a las  llenas.

     Y vi la plenitud del alma en los siglos de fe; la vi reflorecer al Soplo septiforme, en un solo tallo. Mas hoy la enflaquecen las espigas vacías[22].

He contado a los magos estos sueños y no hay quien los declare[23].

          Pero José dijo a Faraón:

          Los dos sueños son uno. Vienen siete años de grande hartura en la tierra de Egipto... (en la noche pagana  la mesa puesta del Reino)... y levantarse han tras ellos siete años de hambre, y será echada en olvido la abundancia pasada, pues, ¿quién recuerda hoy que el hombre ha conocido la plenitud de Cristo, con abundancia y riqueza, cuando los Pastores compelían el mundo a entrar en el convite?

          Y aquella abundancia no se echará de ver a causa del hambre siguiente, la cual será grandísima . La grandeza de la carestía acabará con la grandeza de la abundancia.

        

          La grandeza de la carestía ha disipado hasta el sabor de aquella abundancia; nuestras almas ignoran qué pan rompieron al mundo los Padres.

         Provea, pues, el Rey, de un hombre industrioso, y hágalo gobernador de la tierra de Egipto. Y la quinta parte de los frutos de los siete años de fertilidad, que  van ya luego a empezar, recójala en graneros. Y enciérrese todo el trigo a  disposición de Faraón, y esté preparado para el hambre venidera que ha de oprimir a Egipto, y no se tajará la tierra con el hambre.

        

       Y no se ha tajado la tierra, pero vivimos, ay, de cosechas pasadas; de una mies  que sembraron con lágrimas  y segaron con gritos de júbilo nuestros santos... Hoy   no desbordan los manípulos. Gracias que esta quinta parte ha sido puesta en  manos de un hombre industrioso, porque Faraón dijo:

           ¿Dónde encontraremos un hombre como éste que tenga en sí el Espíritu de Dios?...Puesto que Dios te ha hecho conocer tales cosas, no hay nadie tan inteligente como tú. Serás sobre mi Casa. Te establezco sobre el país de Egipto.

          Puesto que el Padre te ha hecho conocer al Hijo despojado de su forma de Dios, semejante a un esclavo, no hay nadie tan inteligente como tú. Serás sobre mi Casa. Te establezco sobre la potente Iglesia que asumió las naciones y se ve ahora, cuerpo de Cristo en forma de esclavo, despojada!

          Te establezco sobre la Iglesia Universal, dijo Pio IX[24].

  

Y puso Faraón el anillo en la mano de José, y le hizo subir en su segundo carro, -el primero, hiperdulía.

          Y salió José (el patriarca) para recorrer todo Egipto, -y San José (patrono de la Iglesia) para recorrer una época fangosa.

          Y decían de José: Todo prospera en sus manos.

          “Hace Dios cuanto él le pide como si aún  le estuviera sujeto, revelaba santa Teresa cuando subió del norte la primera  vaca hedionda[25], - “a otros santos parece les dio gracia para socorrer en una necesidad, mas, de éste, tengo experiencia que socorre en todas” [26].

Todo prospera en sus manos.

José guardó en el interior lo que producían los campos.

San José, [guardó] en la oración, obras y pensamientos.

          Porque se hace tarde y está inclinado ya el día.

Puede abrir las  Escrituras el  mismo Cristo, a esta hora los ojos están detenidos[27]. Algunos sienten, es cierto, que les arde el pecho, y hacen fuerza al Viajero[28], pero la muchedumbre ignora su propia miseria: glorifica el trabajo de las manos[29] o desvía el pensamiento, no sea que llegue a oración. Los obreros falsean un instrumento de penitencia; los sabios, uno de contemplación. Nada se guarda en el interior, antes se huelgan todos viendo venir la noche en la que nadie podrá obrar[30].

          Faraón, sin embargo:   -Id a José, haced lo que os diga [Génesis 41, 55].

          Id a San José, haced lo que os dice callando[31].

          Junto al Hijo de Dios y de María, San José contempla y trabaja (y sueña), todo envuelto en silencio.

Id a José:

-Dispensador del pan.

-Maestro de oración.

-Exemplar  opificum, modelo de artesanos[32]

          Nombres que explican el patrocinio porque se ha hecho  tarde[33]. Que si una cosa sola es necesaria[34], no se ha de proteger dos, ni tres… Pero, a esta hora, sin el pan[35] no se descubre a Cristo, y aun viéndole partirlo, es duro entender que desde Moisés y los Profetas se revela, sufriendo[36]. Sólo cuando Él propone su oportuit pati Christum, convenía que el Mesías padeciese,  al pan nuestro de cada día, la Vida reaparece.

          Comer para entender:

          ¡José dispensador del pan, ora pro nobis!

          Entender para obrar:

          ¡José, maestro de oración, ora pro nobis!

          Obrar para comer:

          ¡José, exemplar opificum, ora pro nobis! ¡Modelo de obreros[37], ruega por nosotros!

          Este orden esconde a la criatura con Dios en Cristo, y trueca la maldición antigua en bendición: Con el sudor de tu rostro, comerás el pan. [Génesis 3,19]

          Y serán abiertos tus ojos al romperlo[38]. Y si vienes a él amorosamente del pensamiento o del trabajo, te dará paz colmada y el deleite que encierra.

          Cuando Pío X abrió el sagrario[39], las almas recordaron a Pío IX. Había empezado el patrocinio de José en medio del  hambre[40].

2  - La voz y el silencio con relación al Verbo

EL HAMBRE y la angustia. Egipto. La Asamblea cristiana acude al Cielo. La Deípara precede a Miguel, Gabriel, Rafael, a todos los ángeles y  arcángeles, a todos los órdenes de espíritus. Llegan en seguida todos los santos de la tierra[41], y, delante de todos:

          Sancte Ioannes Baptista

          Sancte Ioseph.

          ¿Son los mayores? 

          Si el Padre los mide en relación a su Palabra, éstos son quienes más se le acercan[42]: el uno es la Voz delante del Verbo, el otro, el Silencio, a su lado.

          Juan es missus a Deo, enviado por Dios, es decir, ángel[43]. Aparece armado para el mensaje: tiene la pureza que lo da nítida, íntegramente; la voz, clamante quasi tuba, clamorosa casi como una trompeta; el fuego como cauterio; la luz... Brilla de tal manera que algunos lo confunden con la Luz, pero no es él la Luz. Él es pedernal y los corazones todavía son de piedra. Chocan. Prende, arde, salta el espíritu de Elías…

          Mas, al ver a Jesús, aspereza, amenaza y grito se rinden: Juan oye al Esposo, siente abrírsele el pecho y le llama cordero. ¡Qué ternura!

          Juan es mayor que Abraham, mayor que Moisés. Juan es un gigante. Jesús elogió inmensamente a Juan, ¿quién puede ir a su lado? Nadie. Pero va San José. Así los invoca la Iglesia:

          Sancte Ioannes Baptista

          Sancte Ioseph.

          San José no es un enviado, es un olvidado. (Los símbolos de un misterio desentrañan otro). No tiene misión pública; no trae ademán, ni voz, ni fuego. Nadie lo confunde con el que ha de venir. San José es un silencio que espera, tan invisible que algunos lo toman por el invisible Padre: et ipse Iesus putabatur filius Ioseph, y Jesús era tenido por hijo de José…

          San Juan corre y anuncia.

          San José huye, esconde.

          Juan reta.

          José crece…

          Cuando exaltan a Jesús sobre el madero ya han disminuido  a Juan por el hacha, pero, de José, no se ocupan los hombres. No lo conocen. Una sola vez le negaron hospedaje, y no por rechazarlo a él precisamente [Lucas 2, 4-7].

          San Juan y San José van juntos, pero no binos[44]. Están en relación como la Promesa y la Ley: San Juan en una perspectiva de montañas, San José en la corriente de un río.

          No se oponen.

          Pero no coinciden.

          La cadena de Juan viene del Sinaí, por el Carmelo, hasta el monte Sion; hasta Juan la Ley y los Profetas, es decir, Moisés, el Arca, el Templo, las sinagogas… De repente una garganta parte los montes que la Luz perfila con dureza extraordinaria, y, frente a Juan, Pedro, es decir, La Iglesia, el Reino, la Gracia; montañas hasta el valle del Juicio.

          Juan y Pedro se afrontan al abrir paso públicamente a Jesucristo. Y Juan lo señala:- Ved ahí el Cordero de Dios, mientras Pedro lo entrega desnudo, sin imagen: - Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo [Mateo 16,16].

          Iacob autem genuit Ioseph, Ioseph filium David. Y Jacob engendró a José, a José hijo de David.[Mateo 1, 16].

          Un río de sangre sale de Abraham que en David es torbellino, en María pureza edénica: desemboca por las Llagas, y el Espíritu regula sus corrientes renovando la faz de la tierra.

          En este río está el Patriarca.

          Hasta San José los patriarcas de la Encarnación; después nos ha nacido un Niño, un Niño nos es dado que se ocupa de las cosas de su Padre. Sed perfectos, dice, como el Padre celestial es perfecto [Mateo 5,28]: sed padres, entienden los patriarcas, como es padre el que está en los cielos. Ya el reino de los cielos no es cuestión de observancias, ni la paternidad simple querer de hombre [Juan 1, 13]: el Padre, revelado, libera a los patriarcas de la carne.

(Lía era de ojos débiles; Raquel, decora facie et venusto aspecto, hermosa de rostro y de aspecto encantador, fue la esposa más amada [Génesis 29, 17-18]. Cuando, después de tener a Dan en sus rodillas, conoció ella misma la gloria de ser madre, exclamó: ¡José! ¿Voz de alusión a “quitó” [45],  “añadió” [46],- quitó mi oprobio de estéril, añadió mi honra?...)

          José en la línea de los patriarcas dice: Quitó la servidumbre de la carne, añadió  fecundidad al espíritu, y por eso es Lumen patriarcharum, Luz de los patriarcas.

          Los de la Antigua Alianza suben hacia él como la savia al fruto santo que él protege.

¡O delicem virum, beatum Ioseph! ¡Oh, varón deleitoso, bienaventurado José! porque Abraham e Isaac y Jacob quisieron ver y no vieron, porque el rey David y muchos reyes quisieron  oír y no oyeron a ese Niño! [Lucas 10, 24].

          Y los patriarcas de la Nueva Alianza, Benito, Domingo, Francisco , (vírgenes todos, custodios de vírgenes) saben también de este santo a quien no sólo fue dado ver y oír al Niño, y vestirlo, y guardarlo, sino hasta besarlo, porque la vida de éstos fue oración, es decir, el beso de su boca.

          ¡Besad al Hijo[47], dicen a sus Órdenes, no sea que perezcáis del camino justo! Cuando se enardezca su ira, cuando vuelva, bienaventurados los que hayan recibido su paz…

          ¡Bienaventurados los patriarcas que huyeron (de Sodoma, y de Herodes, y del Mundo) para besar al Hijo! ¡Bienaventurados los patriarcas de la Encarnación, hasta San José!

          ¡Bienaventurados los patriarcas del Advenimiento, después de San José!

          “Que es una cosa sobrenatural, es un ponerse el alma en paz o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al justo Simeón, porque todas las potencias sosiegan; entiende el alma que está ya junto, cabe su Dios, que, con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con él, esto no porque lo vea con los ojos! Tampoco no veía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito que, en lo que llevaba envuelto y la poca gente con él que iba en la procesión, pudiera tomarlo por hijo de gente pobre y no del Padre celestial. Más dióselo el mismo Niño a entender [Lucas 2, 25-35]…”[48].

          Ahora bien, de cómo San José tenga el carácter de los patriarcas del Nuevo Testamento cuando recibe en sus brazos al que desearon los del Antiguo, sólo el glorioso Niño pobrecito puede darlo a entender cuando el alma está ya junto, cabe su Dios, que, con poquito más… Pero esto ni lo ven los ojos, ni lo razona el discurso.

  Y así nos alejamos del Bautista, en cierto modo, y el ministerio de la Voz decrece a medida que progresa en el alma el Verbo: esta sola Palabra que habló el Padre habla siempre en eterno silencio, y  en silencio ha de ser oída del alma[49].

          San Juan prepara los caminos; se afana, Marta, solícita.

          San José es el guardián de María.

          No se oponen.

          Pero no coinciden.

          Y van juntos el Patriarca y el Bautista.

          Pero como la Promesa y la Ley.

Y cuando entran al misterio de la Iglesia, Juan es heraldo que anuncia las conquistas; José, mayordomo, salvador de la Casa que perece[50].

                                            

3 - El heraldo y el mayordomo

Y oí que uno de los cuatro decía con voz de trueno:

          _Ven, y verás.

          Y miré.

          Y vi un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él tenía un arco, y le fue dado una corona , y salió victorioso para vencer nuevamente [Apocalipsis 6, 1-2].

         Su Padre le  había dicho: Pídeme y te daré las naciones [Salmo 2,8].

          La Iglesia, de piedra[51], exclusiva, lograba crearle un mundo que no contristara su Espíritu.

          ¡Oh Edad  sublime! No había nacido aún la raza prudente; no se pecaba, como ahora, contra el discernimiento[52]...  Celebraban entonces dos Noches Buenas: una, la del Niño, otra para San Juan Bautista. Pues al Fiel y Verídico, al que venía sentado sobre el caballo blanco, el Señor le había dicho, de Juan: - He ahí que lo envío delante  de ti como un ángel.

          Y la Voz iba delante del Verbo, y  el Verbo crecía de muchos modos en aquel mundo ordenado. Ya era el pensamiento que buscaba imprimir el Logos  en el alma, ya la contemplación que moría de inteligencia amorosa ante las hermosuras de santidad en que se oye:-Eres mi Hijo, hoy te engendro [Salmo 2,7].

          De la matriz del alba venía rocío de juventud para aquellos pueblos nacidos del agua y del Espíritu [Juan 3, 5], cuyo movimiento hacia Dios enlazaba la liturgia a la corona del año.

          Y cuando fue más patética la victoria del Verbo de Dios sobre los dioses y los hombres, cuando Rey de los Reyes y Señor de los Señores [1ª Timoteo 6, 15] veía que San Gregorio VII ponía a sus enemigos por escabel de sus pies [Salmo 110, 1], una gran voz proclamaba:

          -¡Ahora se ha cumplido la salud y la fuerza, ahora ha sido establecido el Reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo! [Apocalipsis 12, 10]

          Y esa voz era Juan.

          Pero se hizo luego en el cielo un silencio, casi por media hora [Apocalipsis 8,1].

  

          Y llegó el Renacimiento.

          Y en esa orgía la vida moderna danzó y agradó, y, prevenida por la vieja ramera pagana su madre, le exigió al que acababa de ser desatado: Domine mi rex, da mihi in disco caput Ioannis,  Señor mi rey, dame en una bandeja la cabeza de Juan[53].

          Desde entonces nadie oye a nadie pero todos hablan. A los clamores de la Desobediencia, a quien fue dado una boca grandilocuente, han sucedido ruidos de usina, chirriar de máquinas. Ya no queda desierto para  la Voz clamante: sólo hay lugares áridos que habitan los rectores hujus mundi, los príncipes de este mundo, ¡y con qué precisión cruel, con qué lucidez terrible, con qué eficacia de engaño lo conducen!...Han organizado contra el alma toda la naturaleza  y toda la materia. Rayan esta hora con un ritmo estridente. ¡A ellos el Poder (por un poco de tiempo), a ellos la plaza de la gran ciudad llamada en espíritu Sodoma y Egipto![54]

Pero José guardó en el interior lo que producían los campos, y san José, en el silencio, la voz antigua de Juan.

La impureza y el hambre oprimen  a la Iglesia, y Faraón dice: -Id a José.             Porque la fe entra por el oído [Romanos 10,17] y sólo en el silencio interior del Patriarca se puede oír, a esta hora, la Palabra.

          La derrota ladeó al Heraldo[55].

          El hambre trajo al Mayordomo[56].

          Es explicable que la liturgia victoriosa del Bautista haya cedido a la del salvador José. Es explicable también que el Silencio, (que para  Santa Teresa o  San Juan de la Cruz era una cima, un progresar del alma en el Verbo), en el barullo rechinante que nos lleva, resulta cosa diferente. Hoy es un pre-requisito de la vida, un extremo de la Misericordia que asiste al nacimiento doloroso como asistió, en Belén, al gozoso.

          ¡Sancte Ioseph, terror daemonum! ¡San José, terror de los demonios! murmura en los dolores por parir, la madre Iglesia, cercada brutalmente del dragón cuya cola barre, desde Lutero, a la tercera parte de la Cristiandad [Apocalipsis 12,4].

4 - El patrocinio actual del Patriarca,

La exaltación de José como misterio de San José

Y AMABA Israel a José sobre todos sus hijos por haberlo engendrado en la vejez, y le hizo una túnica de zarzahán.

          José era hermoso de rostro y de aspecto bello.

          Sus hermanos decían:- Mirad, el soñador…, con ahogos de odio, y, aunque Rubén los calmaba, llegó a ellos y le desnudaron de la túnica talar, y de la de varios colores, y le echaron en una cisterna vieja.

          En esta venganza tan baja hay un ¡Eli, Eli! Que gime. Sofocado por la satisfacción de los bellacos: ¡A ver si los sueños lo salvan!...

Más tarde, Faraón de Egipto puso su anillo en la mano de José. Y le vistió una túnica de lino, finísima. Y le puso, alrededor del cuello, un collar de oro.

          Guardémonos, sin embargo, de manosear estos símbolos, no sea que huya el Espíritu.

          Es lícito, a los hijos, sacar del tesoro del Padre cosas viejas y nuevas.

          Pero guardémonos de manosear estos símbolos que son luz del alma.

          No sea que huya, el Espíritu.

          La aljuba[57] de José manchada (o purificada) con sangre, se trocó en estola. Tenía lizos[58] de una elección contra la cual no pueden los hombres[59].

          Todo esto encubre realidades para las que falta, comúnmente, el lenguaje.

          Aun cuando San José, hermoso de belleza pura y predilecto del Padre, lleve la túnica polymita[60]; aun cuando en el matrimonio espiritual, por ministerio del silencio, el alma lo vea con la stola byssina [1º Crónicas 15, 27], como ve, a la Reina, in vestito deaurato, vestida de dorado; aun cuando el mundo moderno cayendo sicut fulgur, como rayo[61] del cielo de este Oficio[62] explique el Patrocinio ( pues su prodigioso brillo sensible enmascara tinieblas, como Egipto, y da en sombras de muerte) ninguna de estas luces trae el día.

          José queda en su noche prefigurando a San José.

          ¿Qué significa el anillo? ¿Qué verá mañana algún santo en el collar de oro? ¿A qué corresponde en el esposo de María la copa en que bebe el Soñador y en la que suele adivinar?...

          El ángel (que ve el rostro del Padre mientras nuestra miseria gime en la salmodia) recibe de ese Rostro, como inteligibles, lo que el Espíritu nos muestra como símbolos [Mt18,10]. ¡Niños de poca esperanza, dice el ángel, a qué tanta impaciencia? ¿queréis entrar en la Sabiduría y saber de su juego riguroso sin morir?

          ¡Ah, pongámonos de acecho en los postigos de su puerta![63]

          Ludens in orbe terrarum, jugando por el orbe de la tierra, distiende o comprime los siglos: mil años, para Ella, son un día.

          Mas no rechaza a los hijos de los hombres.

          Ella es la consonancia del Abismo que asiste a los pensamientos justos: pongámonos de acecho.

          Como los Padres que abrieron con indecible pureza los Textos santos, postigos de su puerta.

          Los Padres sabían distinguir en estas Letras el hecho del relato[64] que de él hace el Espíritu, percibiendo en ambos el estilo de la Sabiduría. Y entendían así que si dos realidades concuerdan, es lícito a la razón humana, porque es digno de la Razón divina, concluir en el dominio espiritual lo que el Espíritu enseña en la figura.

          Y si lo que culmina en la historia de José (para discurrir como aquellos hombres divinos) no es el ¡Abrech![65] (como en el triunfo de Mardoqueo el Hoc honore condignus est…, digno es de este honor, reservando a Esther lo más  alto [Ester 8]), Faraón sólo estuvo en el consejo para cimentar un designio.

          Y si no fue la crisis de ese drama la humildad de José levantada sobre el carro, sino sus lágrimas y aquel momento sublime cuando alzó la voz con llanto[66], predicar del esposo de María un encuentro parecido – que corone esta gloria en aquel excesivo terror y aquel suave ¡Llegaos a mí! del Reconocimiento[67] – será justo.

          Tomemos, pues, libremente, del tesoro del Padre.

          Mi delicia, dice la Sabiduría, es con los hijos [Proverbios 8, 31), y no los llamaré sirvientes, sino amigos, porque les doy a conocer lo que oigo de mi Padre. [Juan15, 15]

          El padre guardó aquello en silencio.

          Mas, es lícito a los hijos de la libre [Gálatas 4,31], tomar del silencio del Padre cosas nuevas [Mateo 13, 52].

          Pues como sus hermanos morasen en Siquem, el Padre les envió a su Hijo, Israel les envió a José[68]. Y sus hermanos luego que lo vieron de lejos, antes de que se acercase a ellos, pensaron en matarle.

          Y José dijo en Siquem: Busco a mis hermanos. Y agregó, más tarde, en Siquem: Mi Padre busca adoradores [Juan 4,23-24].

          Esto lo dijo a la hora meridiana, cansado del camino[69] porque habían caminado en pos de sus hermanos que se preguntaban con ira: ¿quedaremos sujetos a su vara? ¿será él acaso, nuestro Rey? [Génesis 37, 8] ¡Matémoslo, y así lo salven sus sueños!

          Pero Judá los aquietaba: ¿Qué provecho sacaremos con matarlo? Mejor será venderlo.

          Y lo vendió Judá por veinte monedas, y Judas logró venderlo por treinta, para que no dominara sobre ellos.

          Esta figura, de Siquem a Egipto, consumará los siglos al realizarse por entero. Mitad de ella ha sido cumplida, pues la entrega de Judas es riqueza del mundo. Mitad llega oscuramente.

          Y como Josué reproduce a José antes de que llegue San José; como Juan renueva a Elías antes de señalar a Jesús… O como la carrera del Precursor anuncia al Verbo de Dios victorioso en la noche pagana, la Exaltación repercute en el Patrocinio, y San José es manifestado José.

          No José vendido, que la Pasión agotó esa figura, sino exaltado: San José toma la historia del Génesis donde la dejó el beso de Judas.

          Y así crece.

          Sus hermanos que viven sin rey y sin jefe, sin ephod y sin teraphines, sin sacrificio y sin altar[70], no saben nada de él, y él es señor de la Casa adonde ellos vendrán buscando trigo.

          Porque los hijos de Israel se convertirán, y buscarán de nuevo al Señor su Dios, y a David su Rey, y se acercarán con temor al Señor y a su Bondad, según vaticina el Espíritu por Oseas profeta, para ese día que ni los ángeles conocen, día que, lejos, cerca, Dios sabe, será el fin de los tiempos[71].

  

          ¿Pero no decís vosotros que aún hay cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: ¡Alzad los ojos! [Juan 4, 35]

          Esto decía Jesús, cansado del camino, en el campo que dio Jacob a José su hijo, cerca de la fuente donde bebió el Patriarca.

          ¡Alzad los ojos y mirad el campo, vosotros que decís: ¡Hay aún cuatro meses! Porque os digo que está para segarse.

          Alzad los ojos que cuando vuelva Israel de su deicidio, y se convierta al Señor, y busque de nuevo su Bondad, no será Faraón solamente quien diga a su pueblo: ¡Id a José!, porque Jacob increpará a las tribus: ¿qué os estáis mirando unos a otros? ¿no sabéis que se vende trigo en Egipto?

          Y aquel que ha sido hecho como Padre de Faraón y señor de su Casa, preguntará a sus hermanos, con lágrimas: ¿Vive mi padre todavía?

          Vive. Porque la palabra del Señor permanece eternamente [1ª Pedro 1, 25] y son sin arrepentimiento sus promesas.

          Y dirá el Patriarca: Anunciad a Israel toda mi gloria, apresuraos que ya el fin de los tiempos está cerca, y traédmelo. Venga todo mi pueblo que yo le daré los bienes de la Iglesia, el meollo olvidado y la sustancia mística del Monte.

          Y como despertando de un  profundo sueño romperá Israel la venda que lo ciega.

          Y conducido por San José lo verán asentarse a la mesa de sus padres Abraham e Isaac y Jacob.

          Y dirá este Mayordomo justo, para cumplir las Escrituras: - Poned panes…[72]

          Y comiendo, y bebiendo, embriagados todos, caerá sobre ellos el Espíritu.

                                                        

5 - La gloria de San José en Cristo y en la Iglesia

prefigurados en los sueños de José

CAERÁ, sobre ellos, el Espíritu.

          Aquí expira el pensamiento.

          Se ve el Iris resplandeciente, rodeado de relámpagos, ni lejos, ni cerca[73]. Se ve el Iris. Los ángeles mismos no saben la hora [Mateo 24, 36].

          ¡Feliz Adán que arrojaba palabras de inteligencia a los vivientes! ¡Feliz quién pudiera decir José fuera de todo lenguaje, en el éxtasis de lo que esperamos!

          La correspondencia esencial entre el Nombre  el Patriarca haría caer los símbolos: El pobre hallaría en su corazón, no ya estos pensamientos de hambre, sino de Reino.

          Pero después de la Caída del hombre se ha dormido tan grosera, tan pesadamente, que, para hacerle entender el misterio de su amado, el Pastor (que guía  velut ovem, Ioseph; como José a la oveja), le hace ver estos sueños:

          Parecíame que estábamos atando gavillas y como que mi gavilla se levantaba y se tenía derecha, y que vuestras gavillas (que estaban alrededor) adoraban a mi gavilla. [Génesis 37, 7]

          Es el triunfo en Egipto.

          Dominó así, por el trigo.

Y luego:

          He visto en el sueño como que el sol, la luna y once estrellas me adoraban. [Génesis 37, 9-10]

          Es el  misterio espiritual.

          Cuando Jacob lo bendijo se inclinaron ante José, desde la plenitud de los tiempos, el Sol, la Luna, los Once. Dependieron de José, Jesús, María, la Iglesia, y la posteridad prometida a Abraham (apartando para otros su muchedumbre de polvo árido y arenas) echó sobre este justo su porción estelar.

          Pero el Salvador no recibe su gloria sin haber conocido, antes, la Cruz.

          Así, Israel bendijo a Efraím que estaba a su izquierda, y a Manassés  que estaba a su derecha, trocadas las manos, presentando la cruz a José [Génesis 48].

          Y  José no dijo al verla: Padre, traspasa de mí este cáliz, pero intentó alzar la mano derecha de Israel, rogándole: Padre, no conviene así…

          Lo sé, hijo mío, lo sé, respondía Jacob. Pero estos niños simbolizan a los pueblos que la Cruz  divide, y yo no puedo  deshacer este misterio. Los millares de Manassés van a olvidarse obstinadamente  de su Dios mientras las muchedumbres de Efraím serán enriquecidas…. ¡Oh Efraím, casco de su cabeza, fuerza militante del que saldrá de mi muslo! Déjame hacer, hijo mío, ya ves que estoy muriéndome...  nadie  quitará las primicias a Israel, pero, la plenitud, irá a las Gentes.

          ¡Oh fuerza de la Cruz! Sin su distensión divina el crecimiento del Patriarca habría llegado a la posesión de unas tierras conquistadas por Jacob al Amorreo con la espada en el arca. Mas, no consiguió José levantar la derecha de su padre, la Cruz le fue impuesta, y por ella podemos decir José fuera de todo lenguaje, José en espíritu de inteligencia: consonancia esencial entre el Nombre y el Patriarca que traslada, misteriosamente, los dos sueños.

          Pues reaparece  José, hijo de Jacob, hijo ya de David, con todos los símbolos de su Nombre:

Le obedecen el Sol y la Luna; las estrellas le avisan de una siega repentina, antes de que caigan las gavillas nuevas en Belén, porque está escrito que él debe salvar la suya, que es de trigo eucarístico, y tenerla derecha para que  tus Inocentes, oh Israel, la adoren [Mateo 2, 13-15].

          Pero mientras en Egipto el cielo y la tierra estaban separados, y una era la promesa y otro el ministerio, aquí los astros y el trigo van en manos del Patriarca, y promesa y ministerio coinciden.

          ¡Contraste de la luz y la noche! Como a los pastores de Belén, la claridad de Dios cerca de resplandores a José, y vemos en ellos que era hermoso porque lucía en la cara la paz de su silencio; que su aspecto era bello por algo tan callado como el pudor de sus lágrimas, y hasta penetramos lo que pensó, desnudo, en la cisterna.

          No obstante, con traer la agonía de San José (porque ésa fue su agonía), el evangelista no consigna su muerte.

          Ya estaba escrito, del justo: Entrarás con abundancia en el sepulcro, como se encierra el montón de trigo a su tiempo. [Job 5, 26].

          Y  ya había sido revelado, de José, que sus huesos profetizan. [Génesis 50, 24-25; Hebreos 11, 22; Ezequiel 37, 4]

          Ahora profetizan. Cuando los clamores de la Desobediencia ahogan la voz de Juan, el Espíritu, que los visita, inspira esta manifestación a la Iglesia.

          En pleno triunfo de Pascua se oye la voz distinta del Maestro…

          -¿Habéis oído que José dijo a Faraón los dos sueños son uno? Pues yo os digo que los dos patriarcas son uno, y que yo soy José. Yo soy el que crece en mi abuelo, yo soy el que salva en mi padre. Decidme, ¿cómo leéis las Escrituras que ya no os hablan de Mí? ¡Pobre descendencia de los santos Patriarcas!  Yo os di a Simón convertido en piedra para que tuvierais donde reclinar la cabeza, para que el verdadero Israel  viera en sueños la escala; pero vosotros halláis duro ese regazo, preferís otras almohadas…Ciegos, que no veis a mi siervo José  que os da el pan de cada día al inclinarse el día, ni veis a mi siervo Josué que ha parado el Sol y la Luna! Mi madre y yo estamos suspensos, sujetos a José una vez más, inclinados en un deseo ardiente de iluminar  vuestra lucha, pero, dentro de vosotros, el reino de los cielos ya no sufre violencia. ¡Prudentes,  ay de vosotros! Porque llega el día en que todas las figuras quedarán consumadas y entonces me veréis in brachio extento, con mi brazo extendido, pediros cuenta de esta hora [Mateo 25, 31}. Sabréis entonces (pero ya no habrá Tiempo, sino Fuego), que Efraím  es mío y mío Manasés [Salmo 60, 9]; que la gloria de José mi abuelo es haberme dado esos innumerables dos hijos que mi cruz divide todavía y la gloria de José mi padre haberlos reunidos con gran misericordia…

          ¡Abrech!, gritaba el pregonero.

          ¡De rodillas! ¡Doblemos las rodillas! [Salmo 95, 6]

         

          Digamos Su nombre en espíritu de inteligencia:

   IOSEPH, id est, IESUS. JOSÉ, es decir, Jesús.

DE LA BENDICIÓN  de Jacob, de la bendición de Moisés, del Niño que llamó padre a San José, del Espíritu que lo llama justo:

          ¡Oh San José, hijo que crece, retoño de árbol fértil, sus ramos se lanzan por arriba del muro, su lozanía católica va más allá del tiempo: a su sombra los frutos que producen el Sol y la Luna…

          Para  ti, que  le devolverás a Israel, las bendiciones del Padre: para ti las bendiciones de la Iglesia, bendiciones “de vulva materna”[74], de seno materno; bendiciones de pechos que alimentan el mundo.

          ¡Oh San José, hijo que crece!

          ¡Retoño de árbol fértil!

UN POBRE halló en su corazón estos pensamientos de hambre, durante el Oficio, en la Solemnidad de San José, el año santo de 1925.

TRES MISTERIOS DE SEÑOR SAN JOSÉ[75]

La presentación del  Niño

En el Templo de Jerusalem, cuando los misterios de la purificación de Nuestra Señora, pobre, ofrece dos palomas “porque su mano no encuentra”, y, padre, paga los cinco siclos para rescatar al Hijo, San José rescata para sí y para nosotros, de mano de los sacerdotes, la víctima que Judas habrá de venderles más tarde – pues este momento del ofertorio anuncia el sacrificio, pero considera la víctima, el “ecce venio”[76], del que ha recibido un cuerpo y no le es llegada todavía su hora.

          ¡Admirable entrada de los padres con el Niño para hacer según la costumbre de la ley con él! Es evidente que todos los profetas darían sus profecías por el consonante “Nunc dimittis”[77] que pronuncia el Anciano, y es evidente que todas las hijas fecundas de Israel tomaron sus maridos y les dieron multitud de hijos porque no les fue concedido la vejez de Ana: no tuvieron la viudez de muchos días de esta viuda que está diciendo a todos alabanzas del glorioso Niño Dios!

          Como el ofertorio de la misa, la presentación del Niño es un sacrificio anticipado, una misa concedida a la Sinagoga para consuelo de las reliquias de Israel que esperaron el reino de Dios en la fidelidad de la oración. María, que asistirá a su Hijo en  la cruz, lo trae ahora en sus manos, y es a ella, sólo a ella, a quien se dirige la palabra del anciano Simeón. San José contempla todo esto de pie, en silencio. Su actitud es semejante a la del Subdiácono durante el ofertorio de la misa.

          En otros pasos de su vida el silencio de San José es penos, es el silencio de agonía de los santos. Aquí su silencio es pacífico. Está más allá de la agonía, más allá, también, del éxtasis.

          Simeón tenía respuesta dada del Espíritu Santo que él no vería la muerte sin ver antes al Cristo del Señor. Y vino por espíritu al Templo, y vio con los ojos de la cara al Cristo de Dios bendito, y pidió ser llamado de esta vida – porque se puede morir en el éxtasis, pero no se puede vivir en él si no  es muriendo.

          Simeón es de la tribu sacerdotal. Puede ver con sus ojos pero no puede guardar consigo la hostia del nuevo rito, y por eso es despedido. San José es de la Casa y familia de David. Su  alma está más allá del éxtasis; Dios la ha puesto en la abundancia de todo bien de otras moradas más interiores, y, por una elección más alta, le ha sido dado algo que consuma el Templo y lo destruye: Nazareth.

La huida a Egipto

La peregrinación de Jacob y el éxodo de Israel de Egipto profetizan misterios que sólo se cumplen en Jesús, y, así, cuando san José toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto (dejando atrás el grito de Raquel y esa alegría de los Niños que se escapan del lazo de esta vida a jugar con sus coronas), el Salmo los ve alejarse poquísimos en número, extranjeros, y pasando de gente en gente y de un reino a otro pueblo, protegidos, nolite tángere Christos meos[78], no queráis tocar a mis ungidos, por aquél que castiga y no permite que nadie  les haga daño.

          Y luego cuando vuelven de Egipto donde pasó “como pasa la mañana”, dice el profeta[79], pobres, desconocidos, peregrinos, traen el misterio de los que volvieron con Moisés bebiendo de una piedra espiritual, la cual piedra era Cristo! Por cuanto Israel era niño, dice el Señor, y yo lo amé, y de Egipto llamé a mi Hijo. Por cuanto, ni la peregrinación de Jacob termina con la vuelta de Moisés, ni la profecía que llama al Hijo de Egipto se cumple con Israel. Todo eso queda en promesa aguardando a san José. Y por eso  la huida a Egipto no es un episodio sino un cumplimiento, algo tan sagrado como la entrada mesiánica del Señor en Jerusalem.

No quiero hermanos, que ignoréis, dice el Apóstol, que nuestro padres estuvieron todos debajo de la nube, y todos pasaron la mar, y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y la mar… Si quedamos desconcertados cuando el Apóstol nos abre así el Éxodo (pues mientras el Apóstol se mueve en los misterios del Éxodo, nuestra lectura sigue el itinerario de los de corazón errante, y no llega…) atónitos quedaríamos siguiendo al hijo de David con el Niño y la Madre.

Dios da a san José como gracia mística en la huida a Egipto, la peregrinación que la Promesa le hizo hacer a Jacob y el éxodo que la Ley le impuso a  Moisés. Y así como Moisés recién nacido cumple la vida de Noé salvado de las aguas, así san José, en la sola huida a Egipto, cumple el camino de aquellos inmensos patriarcas que, con ser tan grandes, le son inferiores. Ellos caminaron delante de Dios en esperanza de éste que ahora lo lleva consigo en sus brazos, ellos, cierto, con prodigios y grandiosidades caminaron, pero sólo en figura de san José.

- Levántate, le dice el ángel, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto.De los ángeles sabemos que descansan y vuelan. Algo de vuelo y descanso, el movimiento circular del espíritu sería necesario para seguir los misterios de la huida a Egipto, pero ¿quién es sabio y tiene en cuenta estas cosas?

El Niño perdido

          Los santos blasfeman por amor. La altura de los misterios divinos que padecen está más allá de la confesión distinta de los fieles y es más profunda que el balbuceo filial de los pobres.

          Puestos a confesar misterios de san José no podemos callar la dos noches que nos han sido reveladas de su alma: la de su agonía, cuando creyó haber perdido a la Virgen y la de su desamparo cuando creyó haber perdido al Hijo de Dios. San José anduvo camino de un día buscándolo, pero la noche de su desamparo duró tres días: –Tu padre y yo angustiados te buscábamos, dice la Virgen.

          Lo buscaron angustiados. Los padres del Niño Dios habían perdido al Hijo de Dios. ¿No vamos a denunciar denunciando una imprudencia? La imprudencia es un  pecado. ¿Imprudencia de quién? ¿de la Madre? ¿del Niño que se quedó calladamente sin que  los padres lo advirtiesen? Denunciemos por compasión de estos dolores la imprudencia de san José.

          Ahora san José no es el salvador que huye a Egipto sino el hombre de quien Dios se retira “porque ha sido hallado justo”. Podemos seguir a san José en la huida a Egipto porque aquel es un camino: va y vuelve y se cumple, y cumple muchas escrituras. Pero ¿cómo seguirle mientras busca al Niño? Esto es un andar sin camino, un preguntar sin hallarlo, un padecer en  la noche. De nada vale aquí correr ni querer; aquí el alma debe ser crucificada hasta que Dios haga misericordia.

          En aquella primera noche de su agonía, cuando creyó haber perdido a la Virgen, como el Señor en la agonía del huerto, san José fue confortado por un ángel. En esta noche más dura, cuando encuentra que Dios no  está con él, no lo conforta ningún ángel, sólo está a su lado la Virgen,  pero la Virgen Dolorosa, y, como el  Señor en la cruz (también a su lado la Virgen, pero la Virgen Dolorosa), dice: – Dios, Dios mío, mírame, ¿por qué me has desamparado? Clamaré durante el día y no  me oirás, y durante la noche, y no por necedad mía!

          Altura de este misterio: no es más culpable san José de la pérdida del Niño  que el Hijo de Dios crucificado del abandono que hace de él su Padre. El salmo agrega (pero les indica en vano el camino porque  la luz no está con ellos): ¡Y tú habitas en el lugar santo, oh gloria de Israel!

          Estaba, sí, en el lugar santo, oyendo y preguntando a los Doctores, y ellos cuando le vieron se maravillaron, y le dijo su  madre: – Hijo ¿por qué has hecho así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo angustiados te buscábamos. Y él les respondió: – ¿Por qué me buscabais? ¿no sabéis que en las cosas que son  de mi Padre me corresponde estar? Mas ellos no entendieron la palaba que les habló. No recordaron en su angustia la palara del profeta: – Vendrá a su  Templo el Señor a quien buscáis.

          Jesús, dice el  evangelista, descendió con ellos a Nazareth, y les estaba sujeto. Este “descendit cum eis” del Evangelio, renueva (sobre la respuesta del nIño que es viva llamarada de la Trinidad) el “descendit de coelis” de la Encarnación. Quien pueda entender, entienda.

BEATUS VIR

BEATUS vir qui invenit sanctum Ioseph,

Deus ex tumultu eduxit eum.

Dies ejus non dies vanitatis

neque anni ejus festinatio.

Alii amentiam suam persequuntur,

exagitantur a desiderio temporis.

Ille ante conspectum hominum sicut pusillum,

oblita est eum generatio sua.

Introivit cor suum

et invenit Regnum.

Vidit abyssum

et obmutuit.

Mulier ejus, mulier fecunda,

sed Rachel sponsa dilectissima.

In multis ille intentus,

sed quies Maria, quies semper.

Negavit, et oblitus est,

et non sciit.

Vidit Carmelum et ascendit[80].

DIMAS ANTUÑA

 José Luis Antuña Gadea (Nº 27-08-1894 Dolores, Uy – Fº 24-08-1968 Mvdeo.). Desde muy joven dio en llamarse a sí mismo con el sobrenombre de Dimas con el que firmó sus escritos desde su primer libro Israel contra el Ángel (1921). A sus trece años, en 1907, ingresó como pupilo en el Colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, Montevideo, del cual egresó, a los dieciocho, con las más altas calificaciones, medalla de oro y mejor alumno de su promoción.  Esos años dejaron una huella indeleble en su inteligencia y su espiritualidad.

           Poco después se empleó en el Banco de la Provincia de Buenos Aires y vivió en Argentina hasta 1941, año en que vuelve al Uruguay.

          Sin títulos universitarios se formó en filosofía y teología como autodidacta. Fue reconocido por muchos amigos como maestro de la espiritualidad litúrgica y del arte sagrado. Debió su formación en gran parte a la Abadía  Benedictina de Buenos Aires a través de la cual se conectó con la abadía de Río de Janeiro y a los medios católicos de Brasil.

          En Buenos Aires se integró desde temprano a los grupos de la juventud católica militante que generaron los Cursos de Cultura Católica y diversas revistas en las que colaboró. Dedicó parte importante de su vida al apostolado litúrgico a través de conferencias, poesía y prosa poética, introduciendo a muchos en los misterios de la simbología de la liturgia. Dejó inédita una obra magna sobre la Santa Misa solemne. 

          Publicó: Israel contra el Ángel (1921), El cántico (1926), El que crece (1929), Mon Brésil (1938 poesías en francés); La vida de San José (1941). Por último El Testimonio (1947) que es una antología de sus conferencias y poesías. Colaboró en diarios: La Nación (Buenos Aires), El Bien Público (Montevideo) en las revistas arriba mencionadas y algunas más.

          Dimas ha sido más conocido y reconocido en Argentina que en su patria de nacimiento. El Maestro y destacado pensador y filósofo argentino  Alberto Caturelli,  en su monumental obra: La Historia de la Filosofía en la Argentina (1600- 2000), nombra a Dimas Antuña y lo ubica dentro del grupo Convivio. Sus amigos le reconocieron un magisterio religioso, espiritual destacado aunque discreto y se diría que escondido. Su obra inédita sobre la Santa Misa Solemne lleva por título: “Inter convivas”, “Entre los convidados” refiriéndose a los participantes en  el  banquete eucarístico. Es posible que el grupo Convivio le deba a Dimas Antuña el nombre bajo el cual se unieron. Dimas percibió claramente que era la Santa Misa lo que los había reunido y los mantendría unidos como convidados a una misma mesa, la del Padre, preparada para sus hijos.

Se terminó de imprimir

En la fiesta de San Ignacio de Loyola

2016

Montevideo


[1] Dimas visto por sí mismo. Es un autorretrato que suena a epitafio. Plasmado en castellano y en latín. José Luis Antuña Gadea adoptó tempranamente el nombre de Dimas, el malhechor crucificado y convertido en la Cruz, por una percepción mística de sí mismo como pecador salvado. Al hacer el balance de su vida, pone en la cumbre su encuentro con San José, su patrono de bautismo. En realidad el encuentro con San José fue el camino para encontrarse consigo mismo, con su propia identidad bautismal como hijo de Dios y su misión en la Iglesia.

[2] Expresiones algo enigmáticas. Para entenderlas ayudaría seguir entendiéndolas como autorreferidas. Su mujer, Angélica, (Queca, al parecer aludida con el nombre de Raquel) era estéril o no pudo tener hijos, o los perdió y lo lloró. Porque en la Biblia, Raquel llora por sus hijos sin consuelo. ¿Cuál fue su mujer fecunda? ¿La Iglesia? ¿Su propia alma?

Él se ve a sí mismo como la Marta que entiende en muchas cosas (trabajo y cuidados de esta vida) y como María, pues no le impidieron una vida de contemplación. Dejó escrito en su ordenamiento de vida que iba caminando a su trabajo en el Banco para pensar y orar por el camino. Y por eso, “yendo por la vereda subió al monte Carmelo”

[3][3] Este verso difiere del correspondiente en latín [verla en Anexo I]: “Vidit Carmelum et ascendit” que se traduciría como: “avistó el monte Carmelo y lo escaló”. Aquí en cambio se resalta que el avistamiento del Carmelo se hizo desde su vida de fiel del común, que meditaba mientras iba y volvía del trabajo y su casa. En el Anexo 1 se da el texto en latín de esta composición.

[4] Este escrito de Dimas Antuña es una buena iniciación a una teología de San José a partir de la contemplación de su imagen.Tomado de la revista Número (Buenos Aires) Vol. II (1931) Agosto, Nº 20, pp. 62-63. Se republicó en la Revista Gladius (Buenos Aires) Nº 28, pp. 73-79. Es posible que esta carta abierta sobre las imágenes de San José, refleje conversaciones de Dimas con artistas como Spotorno, Basaldúa, etc. También se han publicado en la revista Gladius (Buenos Aires) más conferencias y cartas de Dimas Antuña, entre otros, a su gran amigo el afamado artista sagrado e ilustrador de obras religiosas Juan Antonio Spotorno.

[5] El Señor está ahí; es el Señor el que está delante de mí… lo que tengo ante mío no es obra mía sino obra de Dios.

[6] La multicentenaria Archiabadía benedictina de Beuron, en la cuenca alta del Danubio, fue un centro de renovación de la espiritualidad católica, de la renovación litúrgica y del arte sagrado, que hizo escuela y fue punto de referencia no solamente del catolicismo alemán, sino europeo y mundial. La liturgia espiritual renovada de Beuron, vivida como una forma de contemplación mística hecha cuerpo, influyó profundamente en generaciones y generaciones del catolicismo alemán y marcó decisivamente el espíritu de algunos de sus grandes maestros, como Romano Guardini. Dice su discípulo Alfonso López Quintás: " Desde la noche en que asistió asombrado al rezo litúrgico de los benedictinos de Beuron, Guardini vivió la vida litúrgica con una profunda vibración interna"... "Cuando, a los 21 años, el joven estudiante de Teología en Tubinga se adentra en la iglesia abacial de Beuron y siente el 'aura de misterio santo y salvífico' que llena sus naves y asiste emocionado a los oficios divinos, vividos con la pureza y la hondura propias de los monasterios benedictinos, comprende que la Liturgia católica representa la manifestación más genuina de la oración de la Iglesia, 'esa misteriosa realidad que está tan profundamente dentro de la historia y, sin embargo, es garantía de lo eterno'". Guardini ha dicho al respecto que "siempre pensé que debía existir necesariamente otra mística en la que la intimidad del misterio estuviese unida a la grandeza de las formas objetivas, y ésta la encontré en Beuron y en su Liturgia". La Abadía de Beuron creó en relación con este movimiento litúrgico también un taller y escuela de arte litúrgico y sagrado.

[7] No se produce ad extra. Producirse en sentido de fingir o aparentar, o presentar en público. Hoy, en tiempos del Foto-shop, hablamos de un personaje producido, es decir, editado para su presentación pública mediante el maquillaje, los cursos de actuación, la consejería mediática y publicitaria. No es un San José actuado, producido y no espontáneo, atractivo pero inauténtico. La idea prepara el desarrollo ulterior del escultor que es artesano hábil, iconógrafo, y no artista como los renacentistas que se lucen a sí mismos al presentar sus santos: producidos.

[8] Tener en cuenta esta expresión ayudará a entender la clave inicial del libro El que crece, en el que el  autor se presenta a sí mismo como un pobre que, en la solemnidad del Patrocinio universal sobre la Iglesia, tuvo pensamientos de hambre.

[9] Importante distinción de Dimas Antuña entre lo que es instrucción, catequesis, instrucción nocional y lo que debe ser iniciación e incitación a un acto de religión, es decir de religación, vinculación creyente, por la fe, de inducción al vínculo, al diálogo interpersonal y al culto de doulía al santo.

[10] Recordar en la tercera acepción que le da la Academia de la Lengua: ‘despertar al que está dormido’. En este caso, la imagen debe despertar en primer lugar la memoria histórica re-evocándonos los relatos bíblicos acerca del Patriarca José y de San José. Y en segundo lugar, despertar, reavivar o suscitar en el fiel que contempla la imagen, los actos propios del culto de doulía que en la Iglesia católica rendimos los fieles a los santos: hablar con  ellos pidiendo su intercesión o agradeciendo gracias recibidas.

[11] DIMAS ANTUÑA, "Los Desposorios", Baluarte, Buenos Aires, Nº13, junio 1933, página 15.

Nota del digitalizador: La fiesta litúrgica de los desposorios de San José con María se celebra el 19 de marzo. Hay una imagen lineal que parece una alusión gráfica a algunas de las pinturas sobre este misterio de la vida de San José. La imagen publicada en la revista Baluarte puede verse al final de este artículo. Aquí se ha insertado la pintura de Rafael Sancio (1483 – 1520) que parece ser escena que describe Dimas Antuña.

[12] Sabiduría 8, 2 y siguientes

[13] Comentario del Prof. Eilhard Schlesinger sobre el libro de Dimas Antuña LA VIDA DE SAN JOSÉ (Ediciones San Rafael, Buenos Aires 1941) publicada en Ortodoxia, Revista de los Cursos de Cultura Católica Nº 1 pp. 161-164. Sección: Bibliografía.

[14] La autora de la elogiosa tarjeta sobre la Vida de San José, Dra. María Esther Correch de Cáceres (Montevideo, *4-09-1903 - Rianjo, Galicia 03-02-1971) fue reconocida mayormente como escritora por sus poesías, ensayos, críticas literarias y conferencias, fue también doctora en medicina y profesora de literatura.Es significativo el juicio de este espíritu acerca de la obra de Dimas Antuña sobre san José, por lo que hemos incluido su tarjeta dirigida a Dimas con su elogioso juicio sobre La Vida de San José. Sentimos estar cumpliendo el deseo que le expresa Esther de Cáceres a Dimas, de que se reeditara algún día esta valiosa y originalísima obra de piedad y teología bíblica

[15]Anteponemos a modo de prólogo la nota bibliográfica que le dedica a El que crece Rodolfo Martínez Espinosa, en la revista Número  Nº 13, Enero 1931 p. 8. Un aviso en la misma página publicita la obra en estos términos: EL QUE CRECE - Por Dimas Antuña - Precio: diez pesos - Impresión en París bajo la dirección artística de Basaldúa - Editado por “Número” Pedidos a esta revista. Sobre Rodolfo Martínez  Espinosa ofrecemos una breve información en el Anexo final.

[16] Hijo que crece es José: Génesis 49, 22 traducido así por la vulgata. Según otra traducción del hebreo: Ramo, brote, retoño fecundo es José. Dimas encabeza su obra con este texto porque lo encuentra, probablemente, como antífona del primer salmo de los Laudes en el Oficio de la Solemnidad del 19 de marzo de 1925.

[17] José Luis – Dimas – Antuña escribe estas cinco meditaciones en la Solemnidad de San José, a los treinta y un años de edad. En realidad se trata de poemas en prosa. Tienen un vuelo entre lírico y épico. Le fueron inspiradas durante la celebración de los oficios litúrgicos de esa solemnidad. Las hace imprimir en 1929 en París como libro en una edición limitada fuera de comercio con ilustraciones de Héctor Basaldúa; y presentado por Rodolfo Martínez Espinosa en la revista Número. Dimas lo re-publica en El Testimonio (1947) que es la antología de sus escritos más queridos. El que crece, está sembrado de reminiscencias bíblicas y citas bíblicas en latín. Al republicarlo hoy, pareció aconsejable munirlo de notas para hacerlo más accesible a un público más amplio y para facilitar su lectura, que de otro modo puede resultar demasiado densa y quizás críptica o enigmática. Con ese mismo fin, junto a los textos que el autor cita en latín hemos agregado, inmediatamente a continuación la traducción en castellano con el fin de reducir el número de las ya numerosas notas al pie que esta edición exige.

[18] San Juan Bautista y San José respectivamente

[19] Hambre por escasez eucarística como se verá.

[20] Véase la historia del patriarca José en Génesis capítulos 37 al 50 inclusive. Dimas Antuña medita la historia del patriarca José como un arquetipo de la historia de San José. La aplica al estado de la Iglesia que ve ante sí como paralela a los siete años de escasez y hambre en Egipto. Esos son los “pensamientos de hambre” que Dimas “un pobre” encuentra en sí, sugeridos por los siete años de hambre en la historia del Patriarca José.

[21] Se abstienen de la Eucaristía. Ya sea las denominaciones que tienen su origen en la Reforma ya sea, en el mundo católico de la época, una apostasía eucarística numéricamente creciente que Dimas percibe y deplora.

[22] Compara los dos períodos de siete años en Egipto con el pasado eclesial de abundancia y un hoy en que Dimas ya percibe la escasez que no dejará de agudizarse hasta su muerte. Va quedando claro el sentido de la frase inicial: Pensamientos de hambre: El patriarca José salvó a Egipto de siete años de hambre. Dimas Antuña lee esa historia, y la aplica a la misión de San José en el Nuevo Testamento y en la Iglesia. Dimas detecta en su época, una escasez del pan eucarístico bien celebrado y bien  recibido. Enuncia así desde el principio de estas meditaciones – y en este caso de esta primera – una clave rectora para entenderlas. Su significado surge del paralelismo entre el patriarca José como ministro en Egipto y San José como patrono de la Iglesia Universal. Nos da acceso al pensamiento de Dimas un breve artículo de 1931 titulado Calix en el que luego de explicar la arquitectura de la Misa solemne, le recomienda a quien quiera entenderla y vivirla cabalmente, que asista “diariamente a la misa cantada de la Capilla benedictina del Santo Cristo, única – la cursiva es nuestra – iglesia de Buenos Aires donde florece la dignidad de la divina liturgia” (Revista Número Nº 23 y 24 [Diciembre 1931] cita en pág. 83).

Los pensamientos de hambre se los sugiere a Dimas este “tiempo de escasez” de celebraciones eucarísticas plenamente acordes con la dignidad del Pan divino. Dimas deplora este mal. Y a esta luz, Dimas se vuelve a san José Patrono de la Iglesia Universal como al responsable de esta tarea ante la decadencia de la fe eucarística y basa su esperanza en la relación de entre el san José Patrono de la Iglesia y el Patriarca José, abocado a los siete años de escasez de trigo en Egipto.

[23] José Luis – Dimas – Antuña se ve a sí mismo en relación con el Patriarca José y con San José, en virtud del patronazgo que le une a ellos, puesto que ha recibido ese mismo nombre en la pila bautismal. Nomen est omen = El nombre es un designio, un destino. Él se implica en el relato bíblico mediante sus pensamientos de hambre. En otro breve escrito se considera feliz por haber descubierto a San José: “Feliz el hombre que encontró a San José”.

[24] Pío IX declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, Decreto Quemadmodum Deus, 8-XII-1870; Carta Apostólica Inclytum Patriarcam, 7-VII-1871

[25] Alusión a la Reforma protestante

[26] Resume el pensamiento de la Santa: “quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide” (Vida, cap. 6).

[27] Es el ocaso, la caída del día, la venida de la noche. Ya puede venir Cristo mismo a explicarnos las Escrituras a nosotros hoy, en “esta hora” de la Iglesia a la que se refiere Dimas y experimenta como hora de ceguera y sordera de muchos. Los discípulos de Emaús, percibieron. Los católicos hoy no perciben. Volverá a referirse al tiempo en que escribe como “esta hora” esta noche.

[28] Sigue aludiendo a la historia de los discípulos de Emaús Lucas 24, 30-32

[29] No a Dios en sus obras, sino a sí mismos en las propias

[30] Es el dictamen que le merece a Dimas el estado del pueblo católico que ve a su alrededor, sumido en la insensibilidad y la tibieza tanto en la acción como en el pensamiento

[31] El “pobre” – Dimas – medita cómo San José habla con su silencio, pues el Nuevo Testamento no contiene ninguna palabra suya sino sólo sus hechos.

[32] Tres cosas que San José hace en silencio, hablándonos con sus obras y que prescribe a los que acudan a Él obedientes el “Id a José”

[33] Lucas 24, 29 “quédate con nosotros porque anochece” El patrocinio de San José sobre la Iglesia se debe a que Pío IX lo invocó en la noche de la Iglesia, en la caída del sol y el  advenimiento de la noche sobre los  tiempos de la Iglesia y necesitaba la presencia y asistencia del Resucitado y que les partiese el pan.

[34] Lucas 10, 42

[35] Esta hora, de nuevo, es decir la hora  de la Iglesia en la que “el pobre” ve caer la tarde y oscurecer y en la que la Eucaristía, la Misa es más necesaria que nunca

[36] No se entiende, lamenta, que para ellos y para ahora, el principal hacer es el padecer. Pero eso es lo que “a esta hora” no  entiende “la muchedumbre”

[37]Alusión a los obreros llamados a trabajar en la vid en esta hora que el pobre interpreta como la última hora de la tarde  Mateo 20, 1-6

[38] Así como a los discípulos de Emaús así también en la celebración de la Misa

[39] San Pío X, por el decreto Quam Singulari del 8 de agosto de 1910 urgió y allanó el camino para dar la comunión a los niños antes de una catequesis extensa, bastando la sola capacidad de distinguir un pan de otro y la presencia de Jesucristo en la Hostia consagrada. En la noche espiritual y del hambre espiritual, San José obra su patrocinio dando el pan eucarístico a los niños

[40] Hambre y angustia de los fieles que acuden a la Eucaristía en una situación egipcíaca, a pedir pan y paz. Los fieles invocan a los santos mediante las letanías que se recitan en tiempos de hambres, pestes, guerras, angustias.

[41] Alusión descriptiva a las rogativas con las Letanías. Los fieles invocan a los santos mediante las letanías que se recitan en tiempos de hambres, pestes, guerras, angustias. Aquí se presentan como acudiendo en un desfile ordenado.

[42] La Jerarquía de los santos la establece la relación con el Hijo, el Verbo, su cercanía, su semejanza, etc.

[43] Ángel – en hebreo maláq – significa eso: enviado.

[44] No son un par, son dispares. Dimas procede a contemplar la identidad de José por comparación con la de san Juan Bautista. De hecho, la misión de San Juan Bautista fue “ocasional”, histórica puntual. La de San José, no tiene fin. Continúa acompañando al Verbo como un silencio pero que da crecimiento, da pan, alimenta.

[45] Génesis 30, 22-24. Quitó: en hebreo ‘asaf, recogió, retiró, quitó mi oprobio

[46] Yosef: Derivado de raíz hebrea yasáf, que encierra la idea de aumentar, agregar, desplegar, crecer. La forma verbal causativa (hifil) yosef significa: acreciente, aumente, agregue, haga crecer. Raquel lo llama así a su hijo, como diciendo: añáda él, es decir el Señor, otro hijo. Se relaciona así con la raíz latina “augere”, aumentar, de donde proviene la “auctoritas” cualidad del padre cuya misión es hacer crecer a los hijos y hacerlos hombres.

[47] Salmo 2, 12

[48] Sta. Teresa de Ávila, Camino de Perfección, Cap. 31, 1.

[49] Alusión a un comentario de san Juan de la Cruz a Hebreos 1, 1-2, “Da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él [en el Hijo Jesucristo] todo, dándonos al Todo, que es su Hijo” [Subida al Monte Carmelo, Libro 2, cap. 22, 3]. Así pues, Dimas, considera que el silencio de José acompaña el hablar del Hijo. San José a sí mismo en Jesús, de manera análoga a como Dios Padre a sí mismo en su Hijo.

[50]Aquí culmina el razonamiento de este segundo número, conciliando el silencio y la acción de José Patrono de la Iglesia, invocado en los tiempos de hambres y angustias de la Iglesia, de la que es Patrono universal y Protector silencioso.

[51] La Iglesia medieval, de las catedrales, previa al Renacimiento.

[52] Dimas intercala, como se ve, este tipo de lamentaciones proféticas sobre el estado del ambiente católico en el que vive y por el  que sufre. Pero no son invención suya. Dimas mira el mundo en que vive con los ojos de la encíclica Pascendi de san Pío X, el Papa de su niñez en el colegio de la Sagrada Familia. Pero también con los ojos de Pío XI que en diciembre de 1922, en su Encíclica Ubi Arcano sobre La Paz en el Reino de Cristo, comprueba que muchos “que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la ley civil y el respeto que merecen […] sin embargo esos mismos en sus conversaciones y en sus escritos […] prescinden de las enseñanzas de León XIII, Pío X y Benedicto XV como si hubieran perdido su fuerza primitiva o hubiesen caído en desuso […] en lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático” (Ubi Arcano 19). En diciembre de 1925, como una confirmación de lo escrito por Dimas en marzo de ese mismo año, Pío XI publica su Encíclica Quas Primas sobre la realeza de Jesucristo mediante la que se opone a ese modernismo moral, jurídico y social, interno a la Iglesia, mientras se agigantan fuera de ella, entre dos guerras, las tormentas de la revolución soviética, la persecución mexicana y se avizora la española, surgen estados totalitarios etc. etc. Como una confirmación de la doctrina expuesta en Quas Primas, “Viva Cristo Rey” es el grito que el Espíritu Santo pone en la boca de muchísimos mártires de esos años, notoriamente los mexicanos y españoles.

[53] Marcos 6,21-28

[54] Dimas se expresa, como los profetas bíblicos, con palabras restallantes como látigos contra los males de su tiempo. Pero, como queda dicho, el suyo es el mismo lenguaje de los Papas León XIII, Pío X, Pío XI. La encíclica Quas Primas de Pío XI promulgada en diciembre de 1925, nueve meses después El que crece, corrobora la visión de Dimas y se expresa en términos aún más directos y fuertes.

[55] San Juan Bautista

[56] San José

[57] Túnica enteriza ceñida en la cintura, abotonada, con mangas y con falda por lo general hasta las rodillas

[58] Hilo fuerte que sirve de urdimbre para algunas telas.

[59] Es decir, la tela de esta túnica estaba entretejida en un telar misterioso de la divina Providencia.

[60] Tejida con hilos de varios colores

[61] Así es como se precipita Satanás desde las alturas celestiales según Jesucristo lo ve y exclama (Lucas 10, 18).

[62] Del cielo de este Oficio: se refiere al origen de estos pensamiento en el Oficio litúrgico de la Solemnidad del Patrocinio de San José, como de una fuente celestial de su inspiración. El mundo no puede explicar estos misteriosas significaciones de los hechos de la vida del Patriarca José, como tipo de San José protector de la Iglesia.

[63] En este pasaje Dimas alude a dichos de la Sabiduría en el poema sapiencial de Proverbios 8. En la traducción de Scio de San Miguel se lee: “Bienaventurado el hombre que me oye, y que vela a mis puertas cada día, y está de acecho en los postigos de mi puerta” (Proverbios 8, 34).

[64] Distinguir el hecho del relato: en la Sagrada Escritura los hechos mismos tienen significados que los exceden. Así lo enseña San Pablo, por ejemplo, en 1ª Corintios 10, 6: Estas cosas sucedieron en figura de nosotros.

[65] Palabra egipcia que expresa la dignidad, autoridad y plenos poderes que el Faraón le confiere al patriarca José para su misión en Egipto (Génesis 41,43)

[66] Cuando se da a reconocer a sus hermanos en Génesis 45, 1-15 y les explica el sentido providencial de lo que antes hicieran con él, eximiéndolos de culpa y perdonándolos.

[67] Del darse a conocer a sus hermanos y ser reconocido por ellos en pasaje citado.

[68] Dimas aplica esta norma de interpretación bíblica. De acuerdo a ella ve el envío de José por su padre a sus hermanos – que pastoreaban en Siquem (Génesis 37, 12-14) – como prefiguración del envío al mundo del Unigénito por su Padre (Juan 3, 16).

Todo el pasaje siguiente se va a construir sobre esta tipología de José – Jesús.

[69] Alusión a Jesús en Juan 4,6 razonando desde el Antitipo e infiriendo lo que debió suceder con el Tipo.

[70] Así lo había profetizado Oseas 3, 4. Ephod es una vestidura sacerdotal. Teraphim: imágenes que representaban a los antiguos dioses familiares de los semitas y el antiguo Israel conoció. Véase Génesis 31, 34, en la historia de Raquel.

[71] Ver Romanos 9, 26-27 y Oseas 3, 4-5

[72] San José, el Mayordomo, Patrono de la Iglesia Universal servirá el Pan eucarístico en la Mesa del Banquete final.

[73] Génesis 9, 9-17

[74] Alusión a Génesis 49, 25-26 y paralelos bíblicos como Lucas 11, 27

[75] Número 21-22, Octubre 1931, pág. 73

[76] “Mira que aquí vengo, heme aquí que vengo” (Hebreos 10, 7, citando el salmo 39, 8 como cumplido por Jesucristo sumo y eterno sacerdote)

[77] Lucas 2, 29 “Ahora dejas ir a tu siervo en paz”

[78] Salmo 104, 15, 1º Crónicas 16, 2

[79] Probablemente remite a Oseas 13, 3

[80] Literalmente: Avistó el Monte Carmelo y lo escaló. La versión castellana difiere y traduce: yendo por la vereda subió al monte Carmelo

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